08/04/09 BotellónManuel Villena (Granada)Fin de semana tras fin de semana los vecinos de los aledaños del botellódromo granadino, venimos asistiendo indignados e impotentes a los efectos de tan moderna, lúdica y afamada actividad. Algunos botelloneros, más de la cuenta, tras haber introducido en su organismo sustancias diversas, en su vuelta a casa se dedican a tumbar señales de tráfico, tocar timbres, orinar, defecar, vomitar; allá donde les place, volcar o quemar papeleras, romper espejos retrovisores, emitir aullidos y un largo e indescriptible etc. La otra noche un “valiente” se ha superado y ha matado a un ser vivo que ha convivido con los vecinos 14 años. Se trataba de “nuestro” laurel, digo nuestro porque lo hemos mimado, regado, abonado... No sólo ha matado a nuestro indefenso arbolillo, también ha destrozado el hogar de unos chamarines, que todos los años por estas fechas hacían sus nido entre sus frondosas ramas. Allí hemos observado mis hijos y yo, el ajetreado esfuerzo de los padres por sacar adelante a su prole, hemos admirado como esas avecillas enseñaban y protegían a los volantones en sus primeros y peligrosos paseos fuera del nido y también, con algo de pena, como un día desaparecían hasta la primavera siguiente. La otra mañana vimos con suma tristeza como un “valiente” ayudado, seguramente, por lo que habría ingerido ha destrozado el maravilloso espectáculo que con esperanza cierta las primavera nos volvería a regalar. También vi con tristeza y orgullo como las lágrimas corrían por las mejillas de mi hija al ver tan “altruista y abnegada” obra botellonera. Para concluir quisiera parafrasear los dos últimos versos del famoso romance del Prisionero: “ Matómelo un botellonero; / déle Dios mal galardón.”
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