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Oviedo, 23/08/08

Noches de pesadilla

Los vecinos del Cristo y Pumarín padecen a diario las consecuencias de la actividad de varios locales de copas que no respetan la normativa
Carlos GÓMEZ CABANA

Zona de copas del Cristo
Zona de copas del Cristo. Jesús Farpón
Los vecinos de Joaquina Bobela, en Pumarín, y Álvarez Lorenzana y Joaquín Villa Cañal, en El Cristo, siguen atemorizados e indignados por la situación que viven sus calles. A pesar de que recientemente el Ayuntamiento ha cerrado dos de los bares que incumplían horarios y acumulaban decenas de denuncias por ruidos y altercados callejeros, la proliferación de este tipo de establecimientos ha producido un aumento significativo de la inseguridad, según la percepción de unos vecinos que, en muchos casos, ni siquiera se atreven a salir de casa. «La gente tiene miedo incluso por las mañanas», asegura un residente de El Cristo. La opinión es unánime en ambos barrios.

Al mediodía de ayer, en la calle Álvarez Lorenzana, una furgoneta de la policía monta guardia frente a uno de los locales de copas. Es una imagen habitual para los vecinos de El Cristo, que cada día sufren las consecuencias de la actividad de estos establecimientos que, según afirman, «están abiertos durante todo el día».

El pasado miércoles, el Ayuntamiento de Oviedo, a través de la concejalía de Licencias, anunciaba la aplicación de una sanción de tres meses de cierre al bar La Competencia, situado en la citada calle ovetense. Una buena noticia para los vecinos, que están viendo cómo en los últimos años esta clase de establecimientos ha proliferado y «están desgraciando el barrio», según denuncian. «Cada día tenemos que aguantar peleas durante las veinticuatro horas, es horrible», afirma una de las vecinas de Álvarez Lorenzana. Mientras habla, en otro punto de la misma calle, la policía está procediendo a la detención de un hombre.

Y es que, según asegura esta vecina, la presencia de las fuerzas del orden en El Cristo «no es algo puntual». Según recuerda esta residente, -que como el resto de los encuestados prefiere no dar su nombre por miedo a represalias-, «hace poco incluso tuvieron que venir los antidisturbios». Sin embargo, es el horario de apertura y cierre de estos establecimientos lo que ocupa el primer lugar entre las quejas de los residentes en Álvarez Lorenzana. Según otra de las vecinas del barrio, estos locales carecen de horario de cierre. «Puedes encontrar a gente entrando y saliendo a cualquier hora», asegura.

Una situación que para una madre de familia es especialmente frustrante. «Ni siquiera puedo salir a pasear con mi hija al parque sin que tenga que presenciar escenas muy poco agradables», dice. El panorama al que se tienen que enfrentar cada mañana los vecinos es el mismo. «Hay gente que orina en las farolas, mientras otros se meten en los portales y en los garajes a dormir», aseguran. En una ocasión, según recuerda otra de las vecinas, «un hombre se metió en uno de los garajes y tuvo que venir la Policía a sacarlo».

Pero a estas escenas se suman en numerosas ocasiones las protagonizadas por la violencia. Según recuerdan los vecinos, en una ocasión uno de los clientes de estos establecimientos «llegó a pegarle un puñetazo a un policía y le dejó sangrando». Es sólo una de las innumerables imágenes que recuerdan unos vecinos demasiado acostumbrados a que la violencia se adueñe cada noche de sus calles.

Pero lo peor para ellos es la sensación de que nadie les hace caso. «Hemos recogido firmas, puesto cientos de denuncias y sólo hemos conseguido que cierren uno de los bares por tres meses», se quejan impotentes. Mientras, el deterioro del barrio continúa y, según comenta una vecina «ya ni los taxistas se atreven muchas veces a traerte».

En Pumarín, la situación para los vecinos también comienza a ser alarmante. Una de las vecinas de la calle Joaquina Bobela y que lleva veintitrés años residiendo en el barrio, asegura que éste «antes era de lo más tranquilo», pero que desde hace unos años «todo el mundo se queja de lo mal que está, es horrible». Los comerciantes sufren las consecuencias de la actividad de estos locales y temen que después del verano la situación empeore.

«Hace dos o tres años que ya no podemos aguantar el ruido y las voces en la calle, aunque ahora estamos más tranquilos porque es verano; en septiembre empeorará la situación», aseguran los propietarios de un comercio de la zona. Para otra de las vecinas, sin embargo, los cierres de locales sí están produciendo un efecto positivo. «Últimamente se nota que hay menos jaleo», asegura. «También pusieron más Policía y cerraron otros tres bares en la zona», añade.

La propietaria de otro comercio en la calle comparte esta opinión y afirma que «la situación está mejor desde que han cerrado estos locales».

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