Barcelona, 01/11/05 Váteres más que limpios• Los 12 lavabos recién instalados en Ciutat Vella apenas se han usado el primer fin de semana
PATRICIA CASTÁNLa prueba del algodón no ha engañado en este largo puente de ocio que ha puesto a prueba los 12 váteres públicos recién instalados en Ciutat Vella. Incluso en horas punta. A las tres de la madrugada del domingo pasado, la mayoría de los urinarios públicos estaban impolutos. Sospechosamente limpios. ¿Es que los usuarios tratan mejor los servicios públicos que los de su casa? No. Sencillamente, muchos prefirieron seguir haciendo pis en la calle antes que traspasar el umbral de los 12 tronos de plástico, pensados para las más urgentes de las urgencias fisiológicas. La aparición de los váteres provisionales para frenar el incivismo ha sido considerada por muchos noctámbulos como un espejismo. Tan poca atención les prestaron que ni los vieron. "¿Hay lavabos? ¿Dónde? Bueno, no importa porque tampoco llegaría a tiempo", señaló con desfachatez esa madrugada un joven que iba subiéndose la bragueta por la calle de Gignàs. Los metros que le separaban de la plaza de George Orwell o de la calle de la Rosa, donde se han ubicado dos pares de urinarios químicos, le parecieron un abismo. Sara, que bebía unas latas de cerveza sobre la acera con un grupo de amigos, se excusaba: "Están en sitios muy chungos, prefiero mear por aquí que ir a George Orwell", argumentó con vehemencia etílica. En la calle de Avinyó, poco después de las dos de la madrugada, una chica sentada en plena calle giraba la cara y vomitaba violentamente en la acera, salpicándose las piernas. "Esto ya es normal. La gente es guarra y por mil lavabos que pongan seguirán haciéndolo en la calle", argumentó Manel, un vecino de la zona. El hombre agradecía el "detalle" de los lavabos gratuitos, pero apuntaba a "la conciencia y la vergüenza" de ciudadanos y turistas, más que a mingitorios y ordenanzas prohibicionistas. DesprotegidosUna ruta nocturna por los seis enclaves elegidos para la gloria --o lo que es lo mismo, para amanecer sin orines hediondos-- dejó claro el poco éxito inicial de los urinarios de quita y pon. Varios expertos en emergencias de la vejiga consultados en el Gòtic y el Raval explicaron sus razones para el fracaso. En el bar Jerusalem, un cliente afirmaba que los dos urinarios ubicados estaban vacíos mientras que el solar anexo seguía concurrido. "Es más fácil". Una chica se acercó al lavabo y lo abrió con poca convicción. Decidió irse. "Me da cosa, lo veo muy desprotegido. No me atrevo a meterme". No era una cuestión de higiene. Los 10 váteres visitados estaban limpios en plena madrugada. ¡Y tenían papel higiénico! Hasta olían a pino. Pero ni por ésas. A algunos les daba apuro, como a la veinteañera Natalia. "Prefiero colarme en un bar o hacerlo entre dos coches, porque esto es claustrofóbico y debe de haber microbios", argumentaba sin molestarse en atisbar el interior. Ni un practicante del botellón en la rambla del Raval se acercaba a los tristes váteres de quita y pon. Otros esgrimían razones logísticas. "Es buena idea, pero los han puesto en sitios inseguros", explicaba una chica en la Rambla. Para llegar a la Gardunya había que sortear a prostitutas de las inmediaciones de la Boqueria, y a un grupo de borrachos. El plan la desalentó. Por contra, algún grupo que se topó casualmente con los servicios aprovechó para estrenarlos entre risas. El periplo hasta la ronda de Sant Pau revelaba similar suerte en los váteres de Folch i Torres, sin mácula y con papel higiénico intacto. "Aquí vienen hasta latin kings, cualquiera viene a esta plaza sólo para ir al lavabo", opinaban en un bar. La estampa de los lavabos solitarios se repitió durante la mañana del domingo, y de nuevo ayer. En plena crisis municipal por la ordenanza cívica que castigará los pipís callejeros, un joven desaguaba el domingo de madrugada el equivalente a dos latas en una esquina de la calle de Sant Pau con la ronda. Dos agentes de la Guardia Urbana le obsequiaron con una multa "por efectuar necesidades fisiológicas en la vía pública" que ni pudo leer. Tampoco rechistó. Sin prueba del algodón, un río a sus pies le delataba.
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