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Málaga, 09/02/05

Clases de ruido

Gaby Beneroso
El ruido nos pone nerviosos. A la hora de dormir nos desespera. A los que investigan o estudian les impide el acto casi ya oriental de concentrarse. Pero, sobre todo, a los que lo padecen, les indigna la indiferencia que durante tantos años, les conmina a proseguir soportándolo. El Ayuntamiento lo sabe y está dispuesto a solucionarlo. Como tantas otras veces. De hecho, se cumple una década de promesas y medidas ineficaces.

Ahora, se da nuevo impulso. Ante todo porque toca. En el mismo sitio y a la misma hora. Pareciera que también porque algunas asociaciones ciudadanas han subido el tono de sus quejas. Así, por ejemplo, el colectivo `Centro Sur´, durante el pasado mes de diciembre buscó el apoyo de otras asociaciones de residentes del Centro, como las de la plaza de La Merced o la plaza de San Francisco, con el objetivo de realizar una gran manifestación que denunciase los altos niveles de ruido en la zona. Con el respaldo de una amplia mayoría de residentes en asamblea anual general, el colectivo vecinal planeó una estrategia a seguir que incluía cortes de tráfico, manifestaciones e incluso patrullas vecinales. ¡Qué miedo! Ya lo he dicho, el ruido nos pone nerviosos.

Sin embargo, el ruido, para el Gobierno de Málaga, no es el ruido de Málaga. Sí, extrañas vicisitudes. Algunos ruidos son y otros se cuelan. Los que son, están claros: los provocados por los jóvenes que se concentran en la Plaza de la Merced y aledaños. Incluso se hace balance de heridos civiles. Los daños colaterales del ocio se resumen en varias personas de baja laboral por depresión, numerosas más que sufren trastornos del sueño, jóvenes que no pueden estudiar en tiempos de exámenes y ancianos a los que los ruidos les agrava la enfermedad de Alzheimer. Los otros setecientos vecinos que soportan estoicamente su desesperada situación, no cuentan sin certificado médico que demuestre sus padecimientos. O eso parece. En definitiva, para contrarrestar este ruido habitual, el Ayuntamiento tomará la misma medida de siempre. Aunque sea contraproducente. Aunque su aplicación práctica de tantos años demuestre que no sirva de nada: multará a los bares.

Málaga es una de las pocas ciudades de España, sino la única, en la que la práctica del `botellón´ se sigue permitiendo. Nadie disimula, ni esconde su botella de ron, ni deja de pasarse el cigarrito de marihuana, ni, lo más importante, deja de vociferar cuando circunda la plaza un coche de la policía local. Porque éstos, no hacen nada. Aparcan y se van a un bar a multarlo. Esa es la estrategia. Precisamente multar al local en el que debieran de estar debidamente insonorizados los gritones callejeros.

Luego, están los sonidos que el Consistorio nos cuela. De penalti. Los que se hacen necesarios y legales por su placet. Por que sí y punto. Los que, de verdad convierten a Málaga en una ciudad acústicamente contaminada pero, a los que el pago de una tasa, inmuniza; el ruido de las obras. En la Estación de Renfe, por ejemplo, las máquinas han estado trabajando hasta las dos de la mañana. Pero eso no es ruido, eso es dinero.

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