Jerez, 27/07/03 Despliegue policial de altura en MatalascañasInmaculada SánchezMatalascañas doce de la noche: ciudad con demasiada ley. La pelea de la semana pasada fue el colmo de una movida que, tras cuatro intensos años de botellón, suciedad y ruido, consiguió recabar la atención de autoridades y fuerzas del orden que, previa reunión de la Junta Local de Seguridad del Ayuntamiento de Almonte, hicieron un despliegue de efectivos nunca antes visto. 59 guardias civiles (de los que veinte eran de nueva incorporación) más 15 miembros de la policía secreta guardaron la velada de los miles de personas que se concentraban en la zona centro en torno a bolsas de plásticos y botellas de licor.El resultado era palpable desde la misma rotonda que da la bienvenida a turistas y veraneantes. Cuatro patrulleros de la Guardia Civil aguardaban con luminosos y pruebas de alcoholemia a los coches que desde primera hora de la noche se desplazaban hasta la localidad costera. Una vez en ella, metálicas vallas de seguridad cortaban el paso al paseo central, zona de encuentro de los jóvenes durante los fines de semana. "Perdona, ¿es aquí donde se sale de marcha?", preguntaban dos quinceañeros despistados al ver el desolador paisaje que a la una de la madrugada presentaba la avenida de las Adelfas. Escasa presencia de público en una noche en el que el temor a posibles réplicas era el tema de conversación de todos los círculos. Aparcamientos vacíos -los mismos que hasta la pasada semana albergaban coches que superaban todos los decibelios posibles-, y colas en las tiendas 24 horas a la caza y captura de una botella adornaban una imagen teñida de verde caqui: la de los uniformes de la Guardia Civil. Muchos de ellos esperaban apostados en la puerta de Pesca Mar, una tienda de cebos vivos que entre caña y caña alterna ofertas de whisky y bebidas blancas, que en menos de tres horas recibió la visita de tres policías secretas y varias partidas de oficiales. "Esto está minado", relataba el propietario en referencia a los que vestidos de paisanos solicitaban un lote pasadas las diez de la noche. Pero para Alfredo, el dueño del negocio, la gallina de los huevos de oro no se ha acabado a causa de la prohibición de venta a partir de determinada hora. "Los chavales vienen a comprar sus ofertas por la tarde cuando suben de la playa y por la noche recogen el hielo y los refrescos", revelaba el empresario que no cesaba de incidir en que él no había vendido ni una gota de alcohol a partir de las diez. Pero como no todos fueron igual de previsores, a sus puertas se agolpaban varios grupos de chavales, la mayoría de ellos menores de edad, en busca del material combustible para una noche de marcha. Enrique, 14 años, vio frustrado su intento por la presencia de la policía. "Pero no importa, sé donde se puede ir a comprar", añadía. La estampa de Matalascañas del pasado viernes era la misma prueba de que el control de la movida nocturna es una realidad posible cuando la voluntad política así lo posibilita. Licorerías y sucedáneos que respetaban sus horarios de cierre, niveles de música controlados y un amplio dispositivo policial eran garantes de una movida sana que por contra era rechazada por los veraneantes más jóvenes. Para ello hizo falta una pelea en la que estuvieron implicados más de cien chavales, la agresión a dos policias, el colapso de la unidad de emergencias de Almonte y la destrucción de dos vehículos estacionados en la zona.
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