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Barcelona, 04/07/03

Cuán gritan esos malditos...

Un vecino recibió un golpe en la cara por protestar contra el ruido generado en la calle por los clientes de una disco
Rafael Wirth
Un local de ruido de la calle Provença, 203 abre varias veces a la semana, por las noches, para satisfacción de sus clientes y desesperación de los vecinos próximos. En realidad, todos los ciudadanos de una gran parte del Eixample tienen cerca de ellos algún local de ruido que abre varias veces a la semana para satisfacción de sus clientes y amigos y desesperación de los pobres ciudadanos.

Los locales de ruido inician la sesión nocturna con ruidos suaves y a medida que avanza la noche, y el entusiasmo de los clientes, van subiendo el volumen del ruido. En el caso del local de la calle Provença esquina Balmes ese ruido se convierte en primo hermano de un pequeño terremoto y las paredes vibran. Pero hay gente que se ha acostumbrado y duerme a pierna suelta. Otros, no.

Desde hace años, un vecino de la discoteca denominada Tubo Bar, colocó en el balcón de su casa dos figuras de cartón y una pancarta de protesta contra el ruido generado en la discoteca y también en la calle.

La discoteca hace lo posible, insonorizando y tomando otras medidas, para que el ruido no llegue a las habitaciones de los que duermen. Pero los clientes que van a entrar a la caja de truenos o salen de ella no están por la labor. No colaboran.

Hay durante toda la noche, desde las once hasta las cinco de la madrugada, gran jolgorio en la calle: jóvenes que gritan, otros que aullan. Otros tiran por el suelo algunas motos aparcadas en la acera y en ocasiones destrozan la cabina de teléfonos ubicada en la esquina de la calle Balmes. Los vasos llenos o vacíos de alcohol salen disparados contra los adoquines o contra las paredes. Hay jóvenes que vomitan y se tumban en las aceras y otros aprovechan alguna portería mal cerrada para colarse en su interior y proseguir allí dentro sus diálogos inconexos y fundamentalistas sobre la vida. Cambiar el mundo...

Hace un par de semanas un vecino que tiene, por desgracia, uno de los balcones de su casa encima de la entrada de la dicha discoteca regresaba a su domicilio acompañado de su esposa. Ante el ruido generado en la calle se dirigió a un empleado del local para pedir que cesara la algarabía. La petición acabó con un golpe en la cara, hecho que fue denunciado primero delante de los agentes del 091 y luego ante la comisaría. El vecino recibió un duro aviso en el mentón y de tal guisa se fue más tarde a dormir, mientras vibraba el suelo de la vivienda.

Los vecinos que situaron hace años en su balcón a los dos muñecos y la pancarta contra los ruidos se sintieron recompensados después de tantos años de inútil y silenciosa protesta. La discoteca ha bajado el volumen de los ruidos que emanan de extrañas máquinas. Pero los ciudadanos que entran y salen de la citada discoteca se han adueñado de la calle y siguen gritando hasta que, cansados, se largan en zigzag hacia sus guaridas.

Escribió José Zorrilla y puso en boca de Don Juan Tenorio: “Cuán gritan esos malditos/ pero mal rayo me parta/ si en acabando esta carta/ no pagan caros sus gritos”.

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