Pamplona, 16/3/2002 A cuenta del 'botellón'A la memoria de nuestro compañero Víctor Rodríguez Campo, miembro de este foro de opinión y recientemente fallecido. "Hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles" (Bertold Brecht). EN los últimos meses se ha introducido en el debate político y social, no del todo espontáneamente, el botellón, esa costumbre de algunos jóvenes de reunirse masivamente en espacios públicos, provistos de bebidas alcohólicas previamente adquiridas en los comercios, y pasar así las tardes y sobre todo las noches de los fines de semana. El tema parece común al mundo occidental y capitalista; ya hace años que el presidente Mitterrand en un mensaje de Año Nuevo alejado de los edulcorados y repetitivos lugares comunes que acostumbramos a escuchar por estas latitudes, decía: "En veinte ciudades de Francia se producen todos los fines de semana quemas de vehículos, destrozos en cajeros y en bienes públicos. Ese es el grave problema que hoy tenemos sobre la mesa. Ocultarlo no conduce a nada. No analizarlo debidamente sería un grave error". El fenómeno tampoco es nuevo en un país con una arraigada cultura en torno al vino y otros líquidos espirituosos. Jóvenes de todas las generaciones han solido reunirse y relacionarse en torno a unas copas y han utilizado el alcohol en sus ritos de iniciación en el mundo de los adultos. Lo único nuevo, además de un poder adquisitivo y de consumo que no tuvieron sus padres, es que el número de jóvenes reunidos resulta amenazante y ha hecho sonar una alarma que se quiere transformar en prohibición del consumo de alcohol por los menores de 18 años y en todo caso en la vía pública. Que los jóvenes preocupen y ocupen a los poderes públicos no está de más, teniendo en cuenta lo tan a menudo que se despreocupan de sus problemas y lo poco que se suele tener en cuenta su opinión. Que se tomen medidas para prevenir los riesgos del consumo desmedido del alcohol es loable, o que se hable de una asignatura de educación para la salud. Pero otros aspectos del debate y de las propuestas gubernamentales son mucho más que dudosas. Definiendo el problema: jóvenes y alcoholDa la impresión de que se formulan propuestas muy concretas sin un consenso sobre la definición del problema a atajar (tan arriesgado como administrar medicamentos a enfermos mal diagnosticados). ¿Es el alcoholismo en general? ¿Es el de los jóvenes? ¿El de los menores de 18 años? ¿El consumo de otras drogas? ¿Se trata de los ruidos que producen las reuniones masivas? ¿De la suciedad? Probablemente se mezclan cuestiones que demandan soluciones distintas. Si el problema son los menores digamos que varias comunidades autónomas hace tiempo (Navarra hace once años) elevaron el límite de consumo de alcohol de los 16 a los 18 años. Resulta simplista identificar botellón y menores; probablemente la mayor parte de quienes participan son mayores de edad, y las peores molestias se produzcan a horas en que los menores ya están en casa. La elevación de la edad puede ser una medida acertada (en el Parlamento de Navarra suscitó amplio consenso), pero limitada y de eficacia dudosa para lo que se pretende. Pese a que desde hace muchos años está prohibida la venta de alcohol a menores de 16 años, datos publicados por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) señalan que el contacto con las bebidas alcohólicas se produce a edades cada vez más tempranas: a los 11 años un 3,5% de los niños ya las ha probado. Los mayores problemas de adicción se producen entre los 25 y los 35 años y no desaparecen después de esas edades.Distinto es el caso si se considera que el problema es la reunión tumultuaria en la vía pública y hasta altas horas de la madrugada. Parece que la mayor parte de las quejas no están provocadas por el temor a la extensión del alcoholismo juvenil sino por las molestias que ruido y suciedad generan a los vecinos afectados, que por supuesto tienen derecho a la tranquilidad y el descanso. Un estudio de la FAD sobre Valores Sociales y Drogas revelaba el énfasis que los españoles ponen en las exigencias de orden y seguridad personal y en la preservación de los intereses personales y de la propia familia. En cambio, la sociedad adulta vive el consumo de alcohol y otras drogas como cosa de jóvenes. Consumir drogas resulta casi lo esperable de los jóvenes, hasta el punto de que cuando se habla de los valores de los consumidores se termina hablando de los valores de la juventud (a ello contribuye la Administración organizando un congreso con el título de Jóvenes, Noche y Alcohol). Por otro lado, un informe del sector inmobiliario aseguraba que las viviendas en zonas con elevada actividad nocturna en Madrid han llegado a sufrir caídas en los precios de hasta un 20%. ¿Cuestión de orden público?Si éste es el problema, los discursos con frecuencia están cargados de hipocresía y las medidas propuestas carecen de viabilidad. Hay comunidades autónomas que ya han prohibido o restringido el consumo de alcohol en la calle y ayuntamientos que han hecho lo propio mediante sus ordenanzas. Conductas como depositar desperdicios, orinar en la calle, dañar el mobiliario urbano y hacer ruidos excesivos siempre han estado prohibidas y sancionadas. Tales prohibiciones no se hacen cumplir porque la Administración carece de medios apropiados; no se puede poner un policía para vigilar a cada joven. Desalojar de las plazas a los jóvenes del botellón requeriría el empleo masivo de medios represivos por los cuerpos policiales que no harían sino generar más problemas; probablemente de entre los propios sectores sociales que claman contra el botellón se elevarían voces contra la aplicación de una fuerza policial desmedida contra nuestros chicos, o contra sanciones que al final deberían pagar los padres. En una sociedad que se dice democrática (otra cosa es una dictadura a la que no deseamos volver) la represión se puede aplicar eficazmente contra conductas que se perciben socialmente como desviadas, anormales y minoritarias; pero no es aceptable contra conductas extendidas y cuando no existe un previo consenso social. Ahí tenemos bien reciente la experiencia histórica con los objetores de conciencia y los insumisos.Aun suponiendo la aplicación de tales medidas, probablemente no lograrían otra cosa que desplazar el problema de lugar. Los jóvenes se seguirán reuniendo en otros lugares. Quizás (los que tengan dinero, como en todo aquí también hay clases) en los establecimientos de hostelería, aunque se empeñen en echar a los jóvenes a la calle elevando los precios a niveles abusivos y sustituyendo las antiguas tascas y cafés que han sido tradicionales lugares de reunión de otras generaciones, donde el consumo alcohólico es más fácilmente regulable, por minidiscotecas con música a todo volumen que impiden la conversación. Quizás en locales que los propios jóvenes apañan para ello; quizás en las periferias de las ciudades y pueblos. No en los locales que las Administraciones autonómicas y municipales les ofrecen mientras sean tan escasos, estén tan teledirigidos hacia intereses ajenos a los propios jóvenes y mientras los programas presuntamente alternativos no pasen de su actual estadio de improvisado escaparate ante la opinión pública para tranquilizar conciencias y justificar a los responsables. Las cuestiones de fondoPreguntémonos si es tan anómalo el botellón en una sociedad que fomenta el consumismo desenfrenado o el éxito individual medido en la consecución de bienes materiales y en pasar por encima de los demás. En un sistema económico sustentado en producir más y consumir de forma más acelerada todos somos incitados a obtener sin descanso satisfacciones inmediatas a cambio de un precio. Dicen los expertos que cualquiera en una sociedad desarrollada recibe miles de impactos publicitarios al día de los cuales sólo es capaz de retener unos pocos, lo que obliga a multiplicar su agresividad. ¿Qué nos venden esos anuncios? Hedonismo (falso hedonismo consistente en consumir lo que nos digan aunque no se disfrute), individualismo (falso individualismo, compatible con la obediencia a las modas y patrones establecidos), ganar a cualquier precio, tener más, pagar por paraísos que parecen al alcance de la mano. De vez en cuando, metido con calzador entre cientos de mensajes a la contra, un bienintencionado anuncio de algún organismo público, olvidado de inmediato, que recomienda hacer lo opuesto. El ya citado estudio de la FAD afirma: "Los españoles creen vivir en una sociedad competitiva, en cierta medida despiadada, que justifica la renuncia al ideal de los beneficios colectivos y que obliga a enfatizar posturas de defensa individualista: sería bueno ser solidarios pero el ambiente nos obliga a ser competitivos. Y eso hay que enseñárselo a los hijos para no situarlos en una posición de indefensión. Y además, sin ningún sentimiento de culpa pese a lo que supone de negación del ideal, puesto que la responsabilidad no es propia sino de una sociedad implacable". El botellón no es más que la punta del iceberg, parte de los efectos de problemas más profundos de nuestra sociedad, y, si no deseamos engañarnos, tenemos que reconocer que son de difícil solución, aunque podamos y debamos mitigar y regular sus efectos. Entre otros, tenemos instalado el gravísimo problema del alcoholismo, con toda su gama de perversas consecuencias, como su carácter de decisivo modificador de las conductas y el consecuente aumento de la agresividad, individual y social, familiar, escolar, xenófoba, homófoba, o el trágico efecto que el consumo de alcohol causa en los accidentes de tráfico y en la aparición de ciertas enfermedades.No nos obcequemos con las medidas represivas; nada tan fácil y tan inútil a largo plazo. Evitemos la tentación de pensar que con hacer una ley ya está alcanzado el objetivo y han cumplido con su deber los que mandan; si hay algo que nos sobran son leyes que no se aplican. Hablemos de la educación de los jóvenes; pero también de los modelos que les ofrecemos los adultos. Hablemos de las cuestiones de fondo, que tienen mucho que ver con los auténticos valores que, bajo la superficie de la propaganda oficial y de lo políticamente correcto, aplica y difunde de verdad nuestra sociedad. Y son a menudo estos valores mucho más preocupantes que el fenómeno del botellón. Firman este artículo: Mikel Armendáriz, Victor Aierdi, Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Ginés Cervantes, Fermín Ciaurriz, Reyes Cortaire, Jokin Elarre, Miguel Izu, Manuel Ledesma, Iosu Ostériz, Ramón Peñagaricano, José Angel Pérez-Nievas, Pedro Romeo, Javier Sánchez Turrillas, Andoni Santamaría, José Luis Úriz y Patxi Zabaleta.
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