Santander, 13/03/2002 El «problema» del botellónLUIS RUIZ AJA Sociólogo especializado en Juventud.Quisiera, como joven y sociólogo, aportar mi opinión respecto al “problema del botellón”, fenómeno mediático que ha generado una gran alarma social en todo el país. Curiosamente en Cantabria se ha desatado el debate a raíz de unos hechos de violencia callejera que se han vinculado al ocio juvenil ( cuando en realidad se trataba más de un ajuste de cuentas entre bandas de delincuentes) de modo que bajo el término “botellón” parecen englobarse hoy todos los problemas de la juventud actual.El botellón no constituye en sí mismo un problema, sino una práctica social; un ritual transgresor que utiliza la cultura juvenil en su afán por diferenciarse del mundo adulto e infantil. Dicha práctica hay que ligarla a un fenómeno de las últimas décadas como sería el proceso de nocturnización del ocio juvenil: la creciente importancia que otorgan los jóvenes al ocio nocturno de fin de semana ante la dificultad por hallar una identidad y realizarse en el espacio laboral o escolar. Estamos ante una juventud desesperanzada ante la dificultad que perciben para crear su itinerario vital. Una juventud muy rica en bienes materiales ( el retraso en la emancipación les permite dirigir sus gastos hacia el consumo) pero muy pobre en espacios propios. Una juventud que vive su vida de forma dualizada: se comporta disciplinadamente durante la semana laboral/escolar y desenfrenadamente durante el fin de semana, que representa para ellos una auténtica ruptura de la gris cotidianidad; el único momento en que se sienten protagonistas ( escuchan “su” música, se visten a su manera, acuden a unos sitios ya unas horas al margen del control adulto...). Esta cultura hedonista y presentista (“sólo se vive una vez”) choca a menudo con la cultura calvinista (“ hay que sacrificarse hoy para el día de mañana”) en la que se socializaron las generaciones adultas. Se produce así una cierta incomprensión mutua entre unas generaciones adultas -mayoritariamente ocupadas en empleos fijos y estables- y unas jóvenes que pese a hallarse mejor cualificadas, sufren en mayor medida las lacras del Mercado de Trabajo. Los adultos, sabedores de su situación privilegiada, subvencionan a los jóvenes por medio del colchón familiar, pero a la vez no entienden sus valores y les reprochan sus estilos de vida jolgoriosos. El botellón no es algo nuevo; ya en los años 80 predominaban los famosos “cachis” y la cultura de la “litrona”. Si acaso lo que se ha producido es un aumento en la graduación. La litrona - como bebida de moda- ha dado paso al “Calimocho” y los “combinados”, en los que los jóvenes mezclan altos grados de alcohol con refrescos con el fin de obtener una rápida colocación (“ponerse a tono”). Tampoco es cierto que se beba más que antes. De hecho ha aumentado el número de jóvenes abstemios, aunque también el de “grandes bebedores”. Se han radicalizado - por tanto- las posturas; si bien ambas son minoritarias y la gran mayoría de jóvenes hace un uso del alcohol no- problemático. No obstante, ha descendido la edad de iniciación al consumo de alcohol (la media se sitúa en torno 13-14 años). Sí existen, pues, algunos comportamientos de riesgo (ligados - más que al botellón- al ocio juvenil en sentido más amplio) que es preciso definir claramente antes de intervenir, evitando caer en definiciones genéricas y estereotipadas. Yo apuntaría , además de los ya comentados (consumo de alcohol abusivo y a edades tempranas, lo que en ocasiones da lugar a problemas como intoxicaciones etílicas o “ alcohólicos de fin de semana”) otros como: problemas medioambientales ( ruidos y suciedad), accidentes de tráfico, policonsumo lúdico de drogas; algunos casos de violencia juvenil; venta alcohólica de composición fraudulenta (“garrafonazo”)... Dichos riesgos son complejos y - consiguientemente- requieren de un tratamiento integral. Cada uno de ellos precisa de actuaciones concretas pero coordinadas entre sí, y ejecutadas con la ayuda de todos los actores sociales implicados: poderes públicos, organizaciones sociales, industria del ocio, sistema educativo, medios de comunicación... sin olvidar el principal: la familia ( los padres de hoy a menudo se muestran muy intolerantes con la juventud, pero muy permisivos con sus hijos : “los míos no son así”...).Las estrategias - por otra parte- deberán combinar medidas sancionadoras y punitivas, con otras de carácter preventivo y de promoción de hábitos saludables. En conclusión, los riesgos asociados al ocio juvenil constituyen un problema muy complejo que tiene su origen en un conjunto de razones socio-estructurales que afectan a la juventud, las cuales han acabado por generar una serie de valores y estilos de vida que se podrían englobar bajo el término de la “cultura de la fiesta del fin de semana”. Dicha cultura festiva supone unos hábitos y formas de vida muy arraigados entre nuestra juventud. Más que pretender erradicarlos ( lo cual es - por otro lado- una entelequia) resulta primordial minimizar sus riesgos. La metáfora de la “fiesta” referida al ocio juvenil resulta perfecta para clarificar mi argumento de que la movida del fin de semana no es en sí misma buena ni mala: Todos hemos asistido a fiestas mejores y peores. Para que una fiesta “salga bien” ha de cumplir una serie de requisitos: un buen ambiente, cálido y amigable ( problema de violencia juvenil), un uso razonable del alcohol ( problema de excesos con alcohol y drogas); un respeto por parte de los invitados hacia la casa del anfitrión ( problemas de gamberrismo y suciedad); una música no excesivamente alta para evitar que te riña el vecino de turno ( problema de ruidos) , un comportamiento responsable a la hora de conducir ( problema de accidentes de tráfico) y - en su caso- de practicar sexo ( problema de embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual)... Aquellas fiestas en que se contemplen todas estas cuestiones serán las más satisfactorias. Lamentablemente, siempre suele aparecer el típico “aguafiestas”, que no respeta alguna de ellas, pero no resultaría justo culpabilizar a todos los asistentes por la irresponsabilidad de unos pocos. No caigamos, por tanto, en el error de la incriminación y estigmatización de los jóvenes, cuyas prácticas alcohólicas no son sino la consecuencia lógica de una permisividad e incluso tendencia de la sociedad adulta hacia el consumo de alcohol, algo que los jóvenes vienen “mamando” ( nunca mejor dicho) desde niños. Tampoco politicemos el asunto y hagamos del botellón un arma electoral. Los jóvenes están hartos de que se les utilice como medio, y las declaraciones demagógicas contribuyen a alejarles aún más de una clase política en la que no creen. Y en cuanto a los jóvenes: No nos comportemos en nuestro ocio como “ aguafiestas” , ni seamos condescendientes con aquellos que lo hacen. Nuestra libertad exige cuotas iguales de responsabilidad y civismo. ¡Y que todos tengamos la fiesta en paz!
Más noticias de este mes | Último mes | Índice general de noticias |