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Belén, 15/04/2002

La batalla del ruido en Belén

Los palestinos cercados en la iglesia de la Natividad tocan las campanas para responder a la guerra psicológica de la megafonía israelí
Á. ESPINOSA
'Era un ruido metálico muy agudo.
Hacía daño a los oídos.
No iban a dejarnos dormir'
El agua ha dejado de correr por las calles. Ahora es el silencio el que inunda la ciudad vieja de Belén. De vez en cuando, un murmullo. Los vecinos se hablan de ventana a ventana. Tranquiliza oír sonidos familiares. Significa que se puede avanzar unas casas más. Pero el sonido también puede ser un arma, como cuando la noche anterior el Ejército israelí utilizó su megafonía para difundir un ruido infernal con el propósito de presionar psicológicamente a los palestinos refugiados en la basílica de la Natividad, a los que tiene sitiados desde el 2 de abril. Los encerrados respondieron con un repicar de campanas.

'Era un ruido metálico muy agudo. Hacía daño a los oídos', declara Jader a EL PAÍS. 'La matraca se prolongó durante más de dos horas, pensamos que no iban a dejarnos dormir', añade antes de relatar cómo los encerrados empezaron a tocar las campanas de la iglesia. Un portavoz militar declinó hacer comentarios sobre el origen de los sonidos.

Jader, que da clases en la Universidad Al Qods, habla desde la ventana de su casa. Tras la entrada de los tanques en Belén, sus 40.000 habitantes y otros tantos de los alrededores están bajo el toque de queda permanente. 'En la ciudad vieja', precisa el profesor, 'llevamos 13 días de toque de queda estricto; ni siquiera podemos asomarnos a las ventanas: los soldados nos han amenazado con dispararnos si lo hacemos'.

El inesperado concierto es la última de las medidas de presión psicológica puestas en marcha por los militares. Desde hace cuatro días, tres globos sonda dotados de cámaras de vigilancia surcan el cielo en la perpendicular de la Natividad. 'Ayer [los milicianos] dispararon a uno y lograron tirarlo abajo', relata con admiración Alaa, un chaval que nos invita al tejado de su casa para que podamos ver la plaza. Hago la visita con una periodista judía israelí que me ha pedido acompañarme porque quiere ver por sí misma 'lo que no muestran los medios de comunicación israelíes'.

En la plaza del Pesebre todo está en calma. Demasiado. El corazón de la ciudad, habitualmente concurrido y bullicioso, está desierto. El retén que impedía el paso a la altura de la iglesia sirio-ortodoxa ha desaparecido, pero el avance por la calle Pablo VI resulta penoso. Coches calcinados cierran el paso a modo de barricada. El suelo está lleno de trozos de metal y hay que tener cuidado de no pisarlos para no hacer ruido que alerte a los francotiradores israelíes. Hay que caminar pegados a la pared, pero vigilar que no se toca ningún cable. A medida que nos acercamos a la Natividad, aumenta el silencio y el miedo.

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