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Madrid, 11/03/2001
LOS SECRETOS DEL BUHO

Vecinos con ruido

LUIS ANTONIO DE VILLENA

Dicen que, el día antes de que se desplomara la casa de Argüelles se oyeron ruiditos y que hasta, como sin saber por qué, se rompió algún cristal... Por otro lado, hace mucho tiempo que en Madrid se habla de contaminación acústica, y ahora se nos dice que la medirán unos sensores puestos en la solapa de ciertos ciudadanos...

Hace mucho que está probado que el ruido es un mal, al que los sufridos urbanitas del último siglo nos hemos ido acostumbrando mal que bien. Ruidos del tráfico, de las obras incesantes (¿por cierto, hubo alguna vez más obras callejeras, más zanjas, que las que hay ahora, y todas de golpe, en Madrid?) ruido de máquinas, ruidos del sábado noche (pobres los que vivan al lado de una plaza con botellón) ruidos todos molestos, indeseables, combatibles.

Pero hay otros ruidos de los que antes no se hablaba y que, por fortuna, van siendo denunciados en las juntas de vecinos: los ruidos internos de la casa, los ruidos ajenos que invaden tu intimidad, especialmente la música con el volumen fuera de rigor. ¿No debe ser abroncado el maleducado vecino que no respeta la intimidad de los otros? Yo siempre lo he considerado uno de los problemas más graves al hablar del ruido. Y siempre recuerdo los artículos de Manuel Piedrahita, antiguo corresponsal de TVE en Alemania, que protestaba contra el ruido que generan los vecinos horteras y desconsiderados -los que creen que viven solos en el edificio y que son los reyes del mundo, ellos, sus hijos y sus loros- cuando contaba que en Alemania es norma usar siempre zapatillas en casa (desde el mismo momento de entrar en el piso) para no molestar con el taconeo a los de abajo. Me parece norma tan elegante como civilizada. Igual que oír música con auriculares si se quiere subir el volumen. Nada tan desagradable como que te llegue, de otro piso, la música (chillona o retumbante por lo general) que tú no has escogido. Hay que combatir el ruido de los vecinos maleducados (y de sus cachorros, generalmente peores aún) recordando que uno puede hacer en su casa lo que quiera -absoluta libertad- menos molestar al de al lado.

Y teniendo en cuenta, además, que si un vecino no controla el ruido, la finca puede convertirse en una balumba, porque el ruido -en último término- se combate con otro ruido. Alguien dijo que hacen ruido quienes no tienen alma o la han perdido ya. Y es un notable novelista argentino (ahora divulgándose en España), Ricardo Piglia, el que ha escrito que el siglo XX no fue el siglo de la imagen, sino el del ruido. La cultura de masas como infierno sonoro. ¿Y qué infierno peor que el íntimo? El ruido -y no es broma- fue uno de los más famosos tormentos chinos.

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