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Bilbao, 21/02/2001

Demasiado ruidosos

La tolerancia al ruido se mide en decibelios, pero tiene también una dimensión subjetiva que exige un pacto social permanente

Los límites del ruido

Por término medio, las legislaciones europeas en materia de ruidos sitúan los límites aceptables en 65 decibelios durante el día y 55 en horas nocturnas. Está comprobado que la capacidad auditiva se deteriora en la franja comprendida entre los 75 y los 125 decibelios (en exposición prolongada) y que a partir de los 125 se supera el nivel doloroso. El claxon de un automóvil provoca ruidos de 90 decibelios, aproximadamente.

Una motocicleta sin silenciador alcanza los 115, poco más de los 110 que registra el promedio de las discotecas. Entre los sonidos de la naturaleza, el rumor de las hojas de los árboles no supera los 20 decibelios y el trino de los pájaros ronda los 10. En cambio el ambiente de una oficina en plena actividad puede alcanzar los 70 decibelios, y el de la mayoría de las fábricas supera los 80. Un avión sobrevolando el espacio urbano bordea el umbral de dolor, establecido en 140 decibelios.

Casi todas las legislaciones fijan asimismo unas cifras máximas para los ruidos procedentes del exterior en determinados establecimientos públicos, que van desde los 25 para los hospitales hasta los 55 para grandes almacenes, restaurantes y bares, pasando por los 30 en el caso de bibliotecas y museos y los 40 para centros docentes.

Hace pocos días un hombre de El Vendrell llamado Miguel Ángel mató con su escopeta de caza a Jorge Alberto, su vecino del piso de arriba. El crimen fue el último eslabón de una cadena de altercados entre la víctima y el vecindario, todos ellos debidos a que Jorge Alberto «ponía la música a todo volumen y hacía mucho ruido a horas intempestivas». Hasta ese luctuoso momento, ni el asesino había dado señales de desequilibrio ni el asesinado otros motivos de pendencia que no fueran su obstinación en hacer caso omiso a las quejas vecinales y a las advertencias de la policía local. Es una muestra aislada -aunque no la única ni seguramente la última- de la violencia larvada dentro de la actual cultura del ruido.

Las incomodidades producidas por los ruidos representan en la actualidad uno de los principales problemas de la vida en las ciudades. No se trata sólo de la llamada contaminación acústica -sería más apropiado hablar de contaminación sonora- producida por el tráfico y la industria, sino también de la proveniente de bares y discotecas, de zonas de diversión nocturna, de patios escolares en horas de recreo o, incluso, de interiores como oficinas y otros centros de trabajo. Para algunos se trata de inevitables servidumbres del progreso, pero sus efectos en la calidad de vida y en la salud constituyen algo más que pequeñas pejigueras. La Organización Mundial de la Salud considera el ruido la primera de las molestias ambientales en los países industrializados, y desde hace más de diez años dedica parte de su programa InterSalud al estudio, control y prevención de estos problemas.

Según la Asociación Médica Mundial, «las consecuencias que puede tener el ruido intenso en el ser humano son múltiples y afectan a los sistemas vegetativo y neuroendocrino», pero más graves aún son «los efectos producidos en el campo psicológico».

Extraversión y desahogo

El límite de normalidad sonora fijado por la OMS son los 65 decibelios. Según la OCDE, más de 130 millones de habitantes de sus países miembros padecen habitualmente ruidos que rebasan esa cota, y otros 300 millones soportan niveles de incomodidad de entre 55 y 65 decibelios. Se calcula que en España, la población expuesta a niveles superiores a los 65 dbs. es de 9 millones de personas, lo cual la sitúa en un honroso segundo lugar del mundo alborotador después de Japón. Pero si en el país asiático la mayor parte de los ruidos proceden de su febril actividad productiva, en España -como en otras zonas mediterráneas- es probable que esté asociada con cierta tendencia a la extraversión y el desahogo, algo reñida con el respeto del prójimo y más próxima al abuso que al desarrollo tecnoindustrial.

Por norma general, las sociedades ruidosas están formadas por individuos ruidosos. Difícilmente se puede tener conciencia de los peligros de contaminación sonora si en la vida ordinaria acostumbramos a hablar a gritos o a tener enchufado el televisor a todo volumen o sonarnos las narices en sensurround. Los ruidos domésticos, las voces innecesarias, todo eso que para unos puede ser una especie de hilo musical al que están habituados, en otros provoca desasosiego y nerviosismo. Sin embargo no todo el mundo se percata de ello, y, del mismo modo que el propietario de un bar cree satisfacer a la apacible clientela del desayuno sintonizando los programas de radio matinales, hay individuos que tocan el claxon del coche inmoderadamente al tiempo que otros, como el melómano de El Vendrell, amenizan el insomnio de sus vecinos con los hits del momento. Se diría que nadie es consciente de que los ruidos, como los malos olores o el humo del tabaco, afectan a quienes nos rodean y no necesariamente de la misma manera que a quien los produce.

La tolerancia al ruido no sólo se mide objetivamente en decibelios, sino que tiene una dimensión subjetiva y por tanto exige un pacto social permanente. Si pedimos permiso antes de abrir una ventana o de encender un cigarrillo, ¿por qué no hacerlo también para enchufar el televisor? ¿Por qué nos creemos en el derecho de poner la lavadora cuando todos duermen y en cambio nos tentamos la ropa antes de empujar a los otros en el autobús?

Tranquilidad ajena

Se echa en falta una educación en el silencio que acostumbre a los sujetos desde niños a no invadir la tranquilidad ajena. Para algunos no es sencillo, porque el silencio a veces es el más fuerte de todos los ruidos. Quien a todas horas se rodea de auriculares de walkman, timbres de teléfono, radios o televisores conectados a los que no atiende, sonidos de fondo con los que sentirse acompañado, probablemente lo hace por huir del propio pensamiento. El silencio se le antoja un vacío cósmico insoportable, y en respuesta a ese horror crea otra forma de enajenación nociva para los otros pero también para él mismo. La necesidad de llenar el espacio de ruidos revela a menudo una personalidad inestable, descentrada e insegura: «Los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen», escribió Alfonso X.

El próximo 25 de abril se celebrará el 6° Día Internacional de la Concienciación contra el Ruido, promovido por la League for the Hard of Hearing (LHH). Con tal motivo volverán a firmarse acuerdos contra la contaminación acústica generada por las fábricas, los motores de los vehículos, las discotecas y otros focos de estridencias más o menos consabidos. Pero no estaría de más aplicar los preceptos también a la conducta privada. Viviríamos un poco más tranquilos y nos ahorraríamos un futuro gasto en sonotones.

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