Cáceres, 17/2/2001 ContracronicaHay ruidos que matanToñi Escobero - CáceresMiguel Angel vivía en el primer piso y sus víctimas en el de encima. Cada mañana, decía la noticia, se levantaba muy temprano para ir a trabajar y en numerosas ocasiones les había reprochado que ponían la música demasiado alta y no le dejaban dormir. Harto del ruido, el jueves se armó de una escopeta, esperó a las puertas del ascensor a sus vecinos y les descargó una ración de plomo en el cuerpo. Antonio, de 30 años, quedó tendido en el suelo. Miguel Angel, de 31 años, se entregó a la Guardia Civil. Yo tengo una amiga que por la noche soporta la bronca conyugal a voz en grito de la casa de al lado y por el día la música regional del vecino sordo de abajo. Y otra, que usa tapones para aislarse del zumbido nocturno de un par de bares de su calle y de los cánticos que a las cuatro de la mañana los necios de turno deciden entonar bajo su ventana. Me consta que ninguna de las dos, pacíficas por naturaleza, piensa repetir la peripecia sangrienta de Miguel Angel, pero su desesperación debe ser muy parecida. Las asociaciones de vecinos de Cáceres pedían esta semana una ley nacional de ruidos. ¿Para qué? ¿Para tenerla de adorno como la de nuestro ayuntamiento? No hay ley que acalle la carencia de civismo, ni ayude a contener el desespero de un mal sueño. De otro modo, Antonio y Miguel Angel hubieran podido ser amigos.
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