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Madrid, 16/12/2001

Teoría general del «botellón»

LOS SECRETOS DEL BUHO
LUIS ANTONIO DE VILLENA
Cuando hace ya más de dos años que es una moda clamorosa (por generalmente ruidosa) y en aumento, nuestras autoridades han venido a caer en que el botellón existe y puede ser un problema.El búho ha hablado largo y tendido del asunto y hasta ha intentado rastrear sus causas, porque sin saber los motivos nada se soluciona si no es falsamente. No sé qué quiera decir de nuestras autoridades este súbito caer del guindo. Evidentemente les preocupan las dimensiones y suciedad del botellón, pero ¿qué hacer? ¿Puede la policía disolver una reunión de, a veces, más de 300 jóvenes apiñados en una plaza con alcohol de garrafón, calimocho, cerveza en litrona y vasos y bolsas de plástico, que luego se quedan por allí, entre meadas y a veces vomitonas? No.

El botellón es fruto lo recuerdo de la economía y de una insatisfacción honda que muchos chicos y chicas ni siquiera sabrían expresar con nitidez. Las copas en los bares son bastante caras y el mal alcohol comprado en el supermercado mucho más barato. Por lo demás la masificación las plazas se apelmazan parece servir de defensa contra el enemigo exterior, pero también como factor degradante: aumentan la suciedad y el ruido, y esa sensación triste de lo masivo: la moda obtusa, estar ahí como quien está por imitación, siguiendo una consigna. ¿Qué periodista avisado no sacaría magníficas consecuencias de la foto que se puede hacer botellón de la Plaza de París de un chico meando en una esquina del mismo Tribunal Supremo? No soy un viejo burgués que se horripile de todo. Creo que la juventud siente una terrible falta de horizontes y se agobia sin saber. Necesita que ocurra algo (necesita, como siempre, ritos de paso) y el botellón es una mala solución de urgencia. Una solución que la Navidad (y sus celebraciones a toque de silbato) volverá más aguda y más ácida. Pero lo que no pueden decir padres y educadores es que estos jóvenes o adolescentes se emborrachan y colocan sin darse cuenta, como guiados por sépase qué mala mano satánica. En absoluto.La limpia realidad es que, una amplia mayoría de estos chicos y chicas, espera el fin de semana (lo que podría llamarse la cutre orgía sabadera) para emborracharse a plena conciencia.Quieren emborracharse porque necesitan que algo ocurra y porque precisan desintonizar con lo habitual, que suele presentarles muchos problemas y pocas soluciones. ¿Qué hacer? Nada contra el botellón, que acaso pueda ser controlado pero no frenado sin una desagradable y puritana represión. Alternativas, claro. Pero sin confundir a los jóvenes con teresianas o ursulinas. Abrir los polideportivos de noche nunca sustituirá una farra. Romper lo gregario, avisar del alcohol sin prohibirlo crear locales de diversión baratos. Por ahí anda la solución. Cambiar la vida.¡Menudo embolao, señores!

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