Galicia, 17/06/09 Crónicas galantesLa difícil ley seca de la húmeda GaliciaÁNXEL VENCEPreocupada por los dañinos efectos del botellón -y del garrafón- sobre el hígado de los rapaces, la nueva conselleira de Sanidade, Pilar Farjas, quiere extender la ley seca en la húmeda Galicia a los menores de 18 años, según el propósito que ayer anunció en su primera visita al Parlamento. Se equivocan, sin embargo, quienes piensen que este tipo de medidas contra el vicio son propias de los conservadores. En realidad, el proyecto de elevar en un par de años la edad mínima para consumir alcohol fue adelantado ya, aunque no cumplido, por la anterior conselleira socialdemócrata, María José Rubio. Las trompas (y los trompas) no entienden de ideologías. En este aspecto era mucho más liberal -aun militando en la socialdemocracia- el ex presidente de la República Herculina, Francisco Vázquez, quien no dudó en defender el botellón como un "acto social" a pesar de la injusta fama de meapilas con la que lo afrentaban sus adversarios. Vázquez, que ahora mora a la vera del Papa en el Vaticano, tendría sin duda en cuenta que, después de todo, también los curas usan vino para decir misa. Tampoco el monarca Don Manuel fue exactamente un enemigo público de la caña durante su larga estancia en el trono de Rajoy. Bien al contrario, solía actuar como Gran Maestre de casi todas las queimadas que se oficiaban en Galicia, además de militar en diversas órdenes etílicas como la Serenísima Orden del Aguardiente o el no menos sereno Capítulo de los Caballeros del Albariño. Tal vez fuese esa una y no la menor de las razones que explican el favor que le prestaba en las urnas una considerable mayoría del público de Galicia, país famoso por su afición a los vinos aromáticos y a los licores bien destilados. No por casualidad a los vecinos más enxebres de este reino se les define como gallegos de pura cepa. De pura cepa de vid, para ser exactos. Ahora bien: una cosa es la devoción por la botella -en su justa medida- y otra muy distinta el botellón, que además de perturbar el sueño del vecindario podría ser el vivero en el que se criasen los futuros alcohólicos del país. A diferencia de las frías naciones escandinavas y anglosajonas, la bebida no se concibe en España como una droga para alcanzar por la vía rápida un cierto grado de exaltación etílica. Se trata más bien de un pretexto para establecer relaciones sociales en las "calles de vinos" que no faltan en casi ninguna ciudad del país. Y no hará falta advertir que esa peculiar cultura del vino está aún más desarrollada en el caso de Galicia, reino que compite con el País Vasco por el título de campeón en la Liga Peninsular de Bebedores Sociales. Pese a lo que pudiera parecer, la ebriedad es de mal tono en esos ambientes donde se practica sin fanatismo el culto a Baco. Los viajeros nórdicos que nos visitan suelen constatar, admirados, que los españoles no beben para emborracharse, sino por mero gusto del vino, la cerveza y otros lubricantes del gaznate que tanto contribuyen a desengrasar la conversación. Por desgracia, esas viejas tradiciones se van perdiendo. Del fino culto a la botella hemos pasado al mucho más grosero botellón: una multitudinaria asamblea nocturna en la que se consumen alcoholes de baja calidad sin otro propósito aparente que el de llegar cuanto antes a la cogorza. Contra esa perversión del saber beber que hasta ahora caracterizaba a Galicia y a las sociedades latinas en general, poco puede hacerse. La anterior conselleira del ramo de Sanidad y Alcoholes fracasó en su intento de elevar la edad de consumo de los 16 a los 18: y tampoco parece probable que lo vaya a tener fácil su sucesora en el cargo. Más que en la prohibición -o además de ella-, habría que pensar tal vez en la pedagogía. A fin de cuentas, la ley seca norteamericana sólo benefició al prestigio de Elliot Ness y a los negocios de Al Capone. Los borrachos, tan campantes. anxel@arrakis.es
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