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Granada, 22/05/05

«Lo peor es que se orinen en la calle»

Los vecinos del Realejo protestan por la suciedad y el ruido en el barrio durante una fiesta fin de curso de estudiantes que se convirtió en un botellón «sin control»

CLARA SÁNCHEZ

Cualquier excusa es buena para beber en la calle. Los jóvenes ya no necesitan ni Fiesta de la Primavera ni Día de la Cruz para seguir el ritual del botellón. Hasta la celebración de la llegada de las vacaciones estivales puede convertirse en la excusa perfecta para ingerir litros de cerveza, ron y whisky en la vía pública en compañía de los compañeros de clase. Fue lo que ocurrió el viernes en la fiesta de clausura del curso del Centro de Lenguas Modernas de la capital, que se convirtió en un animado botellón en la placeta del Hospicio Viejo.

El desarrollo de la fiesta y los ruidos pero, sobre todo el final, con decenas de litronas y abudante suciedad en las calles que a mediodía de ayer todavía estaba sin limpiar, ha enojado a los vecinos del Realejo. «Lo peor es que se orinen en las calles porque el olor es insoportable», refería un vecino. «Esto es una barbaridad, lo que tienen que hacer los políticos es tomar medidas drásticas. Aunque al principio la gente ponga el grito en el cielo, al final beneficiará a todos», proponía ayer Lourdes Castillo, una vecina de la placeta Hospicio Viejo mientras contemplaba las consecuencias de la fiesta del viernes por la noche.

«Una vergüenza»

Otro vecino, Julio González, definía como «una vergüenza» el estado en el que quedó la vía pública -vasos, botellas de bebidas alcohólicas, cristales rotos y bolsas de plástico tirados en el suelo-. «Cuando vas a la casa de alguien no vas a destrozarla, en la calle tenía que ocurrir igual», protestaba Lourdes. Los vecinos afectados responsabilizan a los directivos del centro de las consecuencias de la fiesta. «Los organizadores son los responsables, así que deberían haber limpiado hoy, porque hasta el lunes no pasan los barrenderos por aquí y el olor de los orines es insoportable, sobre todo con el calor que hace en esta época del año», aseguraron. Para ellos como otros vecinos «lo peor es el comportamiento, porque orinan en el callejón y eso que el centro de estudios estaba abierto y tiene servicios».

Simón Torres, otro residente en la zona, señalaba que aunque los vecinos se mostraron molestos, algunos se fueron algo más permisivos por tratarse de una fiesta aislada. «Esto no es zona de botellón, sólo hacen la fiesta al inicio y al final de curso, por eso tampoco nos gusta ponernos muy bordes con ellos». Una vecina, que prefirió no revelar su nombre, señala que la fiesta «surgió como consecuencia de la celebración, como algo anecdótico, pero tememos que se corra la voz y lo tomen como lugar habitual para beber en la calle».

El estado en el que amaneció la plaza el sábado por la mañana no es la única crítica. El ruido -según los residentes la estructura de la placeta del Hospicio Viejo la convierte en una caja de resonancia- tampoco fue plato de buen gusto para quienes querían descansar. «La música se escuchaba hasta después de la una de la madrugada y, cuando la cortaron seguía el murmullo de los jóvenes que decidieron continuar la fiesta en la calle», apostillaron.

Críticas al centro

Los vecinos apuntan a los directivos del Centro de Lenguas Modernas como los máximos responsables de un botellón que comenzó a las nueve de la noche del viernes y que se prolongó hasta entrada la madrugada. Limpieza, menos ruido y una notificación a los residentes de la zona son las principales demandas que hacen los residentes. «Como se trata de una fiesta aislada deberían avisarnos para que estemos preparados y al menos podamos irnos a dormir esa noche a casa de algún familiar o amigo», señalaron. «Además, si tienen un patio no comprendemos por qué dejan que la fiesta salga del recinto, que la hagan dentro y no molesten a nadie», añadieron.

Los vecinos no fueron los únicos que se llevaron las manos a la cabeza ayer. Los turistas que pasaban por la zona no comprendían por qué la placeta del Hospicio Viejo presentaba tal aspecto. Al menos es lo que le ocurrió a dos matrimonios de italianos que, durante su visita por el barrio del Realejo, se detuvieron para preguntar por qué había tanta basura.

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