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Málaga, 17/05/05

Paella catedralicia

Jardines de la Catedral
VICTORIANO MORENO
El Obispado solicita una valla que proteja los jardines de la Catedral del 'botellón'. La aplicación de la normativa de concentraciones ciudadanas bastaría. Si no, pueden empezar a organizar comidas los vecinos.

Berta González de Vega

ME parece mal que el Obispado quiera vallar los jardines de la Catedral para impedir que los destrocen los niñatos del botellón. Me parece igualmente mal que la Junta se oponga, porque es una Administración que, por ahora, ha ignorado las peticiones del fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) para elaborar una norma autonómica que ataje el problema que deja sin dormir todos los fines de semana a muchas familias. Esgrimen desde la Junta que en Madrid no ha funcionado. Verdad a medias que es lo mismo que mentira, porque los vecinos de Malasaña duermen estupendamente, sin orfidal, desde que se acabó la gigantesca concentración etílica en la Plaza del Dos de Mayo. Lo de la ley autonómica estaría bien, además, para dotar de cierta uniformidad al territorio, ahora que estamos en planes de ordenación territorial, porque de poco sirve que en Nerja, un poner, lo prohíban si en Torre del Mar lo permiten.

Pero medios existen ya. El asunto de las concentraciones públicas, por ejemplo. Ya he dicho en aguna ocasión que mi generación asume la culpa de los primeros botellones. Pero no siempre fue fácil. Un amigo me recuerda que, cuando hubo marcha heterosexual en Pueblo Blanco, Torremolinos, una noche hicieron botellón en un banco cercano y de paso se fumaron unos canutos. Llegó una pareja de policías locales, les quitó la mercancía y les conminó a que se levantaran de allí. Y no hubo más historia. Pero es más fácil enfrentarse a 10 que a 300, pero no por ello tiene que ser imposible.

Reconozco, además, que si tuviera 20 años probablemente estaría metida en el botellón de lleno. Es barato, divertido y toda la panda entra bien en la Plaza de la Merced o en los jardines de la Catedral. El caso es que hace unos meses, en calle Larios, un grupo muy numeroso de adolescentes decidió sentarse en el suelo a la espera de los que faltaban de la pandilla. En esas, llegó una pareja de la Policía Local y preguntó si tenían permiso de concentración, que querían ver el papelito de la Subdelegación de Gobierno. Imagínense la cara de los chavales. Inmediatamente se levantaron y se fueron. Estaban tapando el escaparate de la empresa textil más potente del país y en plena calle Larios, escaparate de la ciudad. Que me expliquen si no se puede aplicar esa lógica aplastante en el botellón de la Plaza de la Merced, estrategia que debería ir acompañada de tácticas ingeniosas, como que Limasa regara todo aquello con mangueras a las doce de la noche. Que alguien tenga las narices de decir que el botellón no es, pues, un fenómeno consentido, para pesadilla de los sufrientes vecinos. Eso sí, venga a ordenanzas e incluso les pagamos, me enteré el otro día en un reportaje de Rebeca Tobelem, 1.200 vales para que se tomen porciones de pizza, no vaya a ser que les siente mal el alcohol.

Ya puestos, que les den el almax y el ibuprofeno para la mañana siguiente. Además, podían fomentar la economía más típica y local y, en vez de fomentar la ingesta de pizzas, que fueran camperos o patatas asadas, delicioso plato que en otros años, hace ya demasiado tiempo, hemos ingerido a altas horas de la madrugada antes de retirarnos a casa. También estaba el que se colocaba un bocata en el buzón del portal y se lo comía allí, antes de entrar a su casa, para intentar disimular el olor a alcohol en el caso de que la bendita madre estuviera despierta.

Tengo una amiga que vive muy cerca de los jardines de la Catedral. Me enseña una isleta donde la grúa municipal es implacable de domingo a jueves. Las noches de movida hay una especie de amnistía. Tiene fotos de las columnas rotas, me muestra los bancos arrancados y los rincones llenos de basura que se le escapan a las cuadrillas de Limasa. Ha visto a turistas madrugadores esquivar las botellas en soleadas mañanas de domingo. Me señala una dama de noche con un olor tan potente que le llega a su terraza. Aprendo que hay un arbolillo traído del Cabo de Buena Esperanza con flores aromáticos y frutos tan venenosos que los indios metían en ellos las puntas de las flechas. Todavía, nadie los ha usado contra el botellón.

Mi amiga, divertida, coherente y guerrillera como harían falta legiones en esta ciudad, está promoviendo una plataforma que se anime a organizar una gran paella en los jardines de la Catedral. Es un sitio estupendo y con unas vistas preciosas. Se llevarían platos de papel monísimos, servilletas a juego y contratarían a un camarero entre todos para servir las bebidas frías del aperitivo. Luego serían educados y recogerían todo. Quiere saber cómo actuaría la Policía en ese caso. La verdad es que lo intuye. Las dos creemos que no tardarían más de 10 minutos en echarles de allí. Que me expliquen si eso es razonable. Pero tampoco nos vamos a lanzar a hacer presunciones. Necesitamos una comprobación empírica. A ver quién se anima a poner la paellera.

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