El Periódico de Cataluña Ruidos.org: la lucha contra el ruido
Índice de noticias sobre el ruido
Noticias de este mesNoticias del último mes


Barcelona, 01/05/05

Civismo y sociedad

El individualismo dominante hace que no aceptemos más norma que nuestro propio interés

MANUEL Castells
Profesor de la UOC y catedrático emérito de la Universidad de Berkeley

El Ayuntamiento de Barcelona inició hace tiempo una innovadora campaña para promocionar el civismo. Aunque sus efectos sólo se podrán sentir a largo plazo, la percepción actual es la de una persistente crisis de convivencia ciudadana. Por eso ha habido que recurrir a denuncias y sanciones por temas tan básicos como el no tirar basura en la calle, respetar el descanso nocturno de los vecinos o circular y aparcar cumpliendo las normas. Pero no hay que arrojar la toalla. Ni en Barcelona, ni en ningún lugar, porque el civismo es básico para la gente. Se refiere a la negociación, definición y aceptación de normas de convivencia entre intereses y valores distintos. Hablando de Barcelona, las estadísticas no reflejan una agravamiento de los problemas de limpieza, ruido, tráfico, accidentes o violencia. Y sin embargo, hay una una tensión creciente entre la ciudadanía. ¿De dónde proviene?

Primero, la convivencia se deteriora por la contradicción entre los usos diversos de tiempo y espacio. Barcelona es un espacio enteramente construido, con millón y medio de habitantes, con un millón de puestos de trabajo y centro de una región metropolitana de cuatro millones. Y su calidad la ha convertido en atracción de congresos y turismo con millones de visitantes, también usuarios de de la ciudad. Es decir, hay una presión creciente sobre un espacio limitado y saturado que hay que compartir.

En segundo lugar, la cultura dominante es la del individualismo y la competitividad. Las normas se definen individualmente: lo que a mí me va bien es lo correcto. El civismo se entiende como el respeto de los otros hacia mis normas, sin reciprocidad.

En tercer lugar, vivimos un desfase generacional profundo. Siempre lo ha habido. Pero ahora los viejos somos muchos más. En Barcelona, el 26% de la población tiene más de 60 años, mientras que los jóvenes (de 15 a 29 años) sólo son el 19,7%. Y los jóvenes de hoy son culturalmente los más autónomos de la historia, crean sus propias normas y además cuentan con sus redes de comunicación (móviles, internet), al tiempo que son frecuentemente dependientes de la familia en su espacio y en sus medios de vida.

EN BARCELONA, el 63,2% de las personas de entre 15 y 29 años viven con sus padres y el 79,2% consideran la familia como lo más importante. Pero tienen sus propias normas sobre lo que está bien o mal. Así, el 77,5% consideran normal viajar sin billete, el 75% fumar porros, el 73% pintar grafitos, el 64% fumar en donde está prohibido y a más del 52% les parece normal robar en un gran almacén. La libertad sexual es su valor más afirmado. Están politizados por causas humanitarias pero no creen en la política institucional. No son religiosos. Son consumistas: gastan su dinero sobre todo en ropa, bares, discotecas, tabaco y cine. Es decir, combinan la autonomía cultural y la dependencia material, que mantienen incluso cuando trabajan, porque con lo que ganan no pueden pagarse una vivienda en Barcelona.

Esta autonomía personal se refuerza mediante la red de amistades. Y necesita un espacio/tiempo de expresión. Ése es el espacio público compartido (plazas y calles), los bares, las discotecas y, también, redes de conexión rápida entre los espacios, es decir, el mundo de la motocicleta. Y el tiempo nocturno. Así, mientras las familias soportan mal que bien a sus hijos, no soportan a los hijos de los demás. La necesidad del silencio y la afirmación del ruido expresan el choque de culturas que compiten por apropiarse un espacio compartido.

En fin, los conflictos en torno al civismo también derivan de una mala integración de la inmigración. De hecho, las condiciones para el civismo podrían ser más favorables en la inmigración. Porque las comunidades de inmigrantes mantienen la fuerza de una autoridad familiar transmisora de valores. Pero el clásico mecanismo del chivo expiatorio, alimentado por prejuicios, hace que se atribuyan a la inmigración los problemas de la vida cotidiana, tales como la suciedad de algunas calles o la delincuencia.

El hacinamiento de los inmigrantes en viviendas en las zonas más sensibles acentúa el deterioro urbano. Y, sobre todo, el problema es que transmitimos a los inmigrantes en proceso de integración, y en particular a los jóvenes, una cultura competitiva, individualista, en la que prima el interés de cada uno.

ASÍ, PUES transmitimos la fragmentación de normas, socavando la autoridad familiar tradicional. De modo que inducimos entre los jóvenes inmigrantes un modelo consumista para el que no tienen los recursos económicos, desviándolos hacia formas de obtención de consumo por cualquier medio. En un periodo de intensa inmigración es esencial establecer normas de convivencia claras en las que se puedan integrar los que llegan.

En suma, civismo es respeto de las normas de convivencia, pero a partir de la aceptación de esas normas. Cuando una sociedad no concuerda en esas normas es esencial restablecer mecanismos de elaboración consensuada de las mismas. Lo cual empieza por el diálogo sincero sobre pautas de conducta en la familia, en la escuela y en el seno de las asociaciones ciudadanas. A partir de ese consenso, siempre renegociado, hay que asegurar el respeto a dichas normas mediante sanciones si es necesario.

Hoy por hoy, la opción que se plantea es la de vivir y convivir en la ciudad a partir de la diversidad de quienes somos, frente a malvivir y competir en la lucha nuestra de cada día.

Más noticias de este mes | Último mes | Índice general de noticias
Página principal de ruidos.org