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Castellón, 31/01/2001

Ley de contaminación acústica

Dónde está? Esta sería la primera de las preguntas que deberíamos responder para saber en qué situación nos encontramos en este tema de máxima relevancia ambiental. Hace años que nos anunciaron desde el poder que era una realidad inminente. Cuántos minutos de Canal 9, cuántos anuncios oficiales, cuántas palabras empeñadas y evaporadas... Lamentablemente la capacidad de defraudar las expectativas se ha convertido en una suerte de deporte nacional que corremos el riesgo de asumir por cotidiano y usual. Una normativa actualizada, moderna y formulada con el claro propósito de garantizar la calidad de vida, era y sigue siendo una urgencia que no puede postergarse por más tiempo. Regular y concentrar adecuadamente todas las disposiciones jurídicas existentes, atendiendo y residenciando asimismo en nuestro cuerpo normativo todo lo que nos llegue de la Unión Europea, constituye otro de los perfiles de la ansiada Ley de Contaminación Acústica. Una ley necesariamente técnica pero cuyos objetivos y pretensiones son profundamente humanistas. Humanistas porque combatir la contaminación que provoca la agresividad del ruido, así como recuperar los espacios urbanos como escenarios de una mayor calidad de vida para las personas, son fines, por qué no decirlo, humanistas donde los haya. Humanistas porque el imperio de la técnica, el maquinismo desaforado, el industrialismo sin correctivos y el crecimiento económico sin frenos ambientales tiene, en la vida práctica, una directa implicación en la funesta construcción de unas sociedades deshumanizadas. En muchas ocasiones eso que alguien nos dijo que era progreso no es más que un obsceno juego de intereses y voracidades cuyo precio ambiental pagamos todos en forma de ruido y otras molestias.

Sinceramente creo que el nuevo siglo tiene que priorizar otros objetivos políticos y sociales. Otras ambiciones colectivas en donde el medio ambiente y el medio humano --esferas que no son escindibles-- asuman un verdadero protagonismo y nada pueda hacerse sin buscar la soluciones armónicas y sostenibles. Nuestra provincia de Castellón tiene distintos puntos negros o zonas sensibles en ese sentido. En términos de ruido y contaminación acústica, todos nuestros municipios azulejeros presentan síntomas preocupantes de que existe esta problemática. Recordemos las insoportables plantas atomizadoras o el tráfico insufrible y permanente de camiones de gran tonelaje. Recordemos en otras zonas de la provincia la actividad terciaria y la industria del ocio que dificulta en ocasiones sobremanera el descanso y el modus vivendi de muchas personas durante los meses estivales, semana santa, etcétera. Recordemos asimismo nuestras ciudades y la saturación de vehículos. Recordemos igualmente el número de ciclomotores que funcionan con escape libre . Recordemos, por poner solamente un último ejemplo, la cantidad de actividades calificadas como molestas que, en virtud de una nefasta política de ordenación del territorio, salpican por doquier cualquier rincón de nuestra provincia. Todo ello junto tributa un elevado peaje ambiental a todos los ciudadanos. Todo contribuye a deshacer la tan anhelada calidad de vida a la que todos, justamente, debemos aspirar.

Resolver todos estos problemas pasa, entre otras cosas, por articular de una vez una ley que siente unas civilizadas reglas del juego ante tanto despropósito y ambiente selvático. Una ley que establezca y delimite claramente el papel de las distintas administraciones y el régimen de sanciones para quien siga desafiando a la sociedad con abusos y contaminación. Una ley que se incruste en una dinámica mayor que persiga el reciclaje radical y sostenible de nuestro modelo global de desarrollo que, no nos cansaremos de decir, presenta indicios evidentes de agotamiento y perversión.

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