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Valladolid, 7/2/2000

Ruidos nacionales

LA creación de una Plataforma Estatal de Asociaciones Contra el Ruido y las Actividades Molestas (Peacram), a la que se ha unido la Federación de Asociaciones para el Respeto Social y Urbano de Palencia (Farsu), constituye una prueba de que el problema de los ruidos en las ciudades está muy extendido, lo que viene a apoyar la labor que el colectivo palentino, dirigido por Escolástico Fernández Asenjo, ha venido realizado en los últimos años. Hasta ahora, la visión que tenían los palentinos de este problema era local, pues apenas se conocía la existencia de otros movimientos similares en el resto del país.

Pero la creación de esta plataforma a finales de enero en Madrid ha permitido extender el fenómeno a practicamente todo el país, ya que los treinta colectivos integrantes de Peacram están radicados en casi todas las comunidades autónomas. El proceso de la lucha contra los ruidos tiene, pues, un movimiento expansivo. Tras la creación de la asociación palentina, vino después de la ámbito regional, y ahora la nacional. Las molestias que generan los ruidos originados como consecuencia del ocio de los jóvenes tienen ya un instrumento de oposición que al tener carácter nacional es lógico pensar que adquiera más fuerza.

Lo que ocurre es que casi todas las competencias administrativas sobre el control de los ruidos pertenecen a los ayuntamientos y a las comunidades autónomas, por lo que a simple vista, la plataforma nacional dispondrá sólo de una autoridad moral sobre aquellas instituciones que realmente tienen que combatir este problema. Esta limitación obligará a los colectivos de cada provincia o región a seguir manteniendo la lucha, cada vez más fuerte e intensa, para evitar las molestias que se generan en determinadas áreas de la ciudad donde se concentran varios establecimientos de discotecas o bares de copas.

No obstante, la creación de la plataforma estatal debe servir para que todas las administraciones las que tienen competencias y las que no se mentalicen aún más de que es imprescindible poner coto a los excesos de ruidos y a la contaminación acústica que padecen algunos ciudadanos de forma indiscriminada. Las instituciones tienen en su mano la posibilidad de legislar y decretar aquellas medidas que conduzcan a la creación de una paz urbana que haga más agradable y llevadera la vida de aquellas personas que residen en zonas de ocio y esparcimiento nocturno para los jóvenes. Evitar la acumulación de establecimientos, ser más riguroso en el cumplimiento de la normativa sobre decibelios, controlar el horario de cierre de los bares o prevenir altercados con mayor vigilancia policial son algunas medidas que los responsables políticos tienen que asumir de forma permanente.

Pero tampoco olvidemos que en el problema de los ruidos existe una responsabilidad por parte de los mismos jóvenes y usuarios de las zonas de ocio. Las voces y los gritos indiscriminados que lanzan durante sus desplazamientos entre los bares constituyen una manifestación más de contaminación acústica que es más difícil de controlar, a no ser a través de una campaña de concienciación ciudadana sobre el derecho al descanso de los demás. Nos encontramos en un escenario más problemático porque afecta a la educación y a los modales de quienes son partícipes de ese ocio al que tiene plenamente derecho, pero que en ocasiones no son conscientes de las limitaciones que existen para no chocar con los derechos de otras personas. Aquí hay que destacar el papel de las familias y de la educación en los centros docentes de Secundaria, como entidades que tienen que aportar unos valores a los jóvenes que les desmarquen de estas actitudes incívicas.

Fernando Caballero

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