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Galicia, 15/03/08

Botellón con premio: un condón a cambio de las botellas vacías

Los que tiraron las restos al contenedor no se fueron de vacío la noche del jueves

Ángel Paniagua

Botellón en Compostela
Marcos Creo
Hay un grupo de chavales en un paso de peatones bebiendo tranquilamente. Ni siquiera lo hacen con descaro, porque los coches pasan, los sortean y ellos no se dan ni cuenta. A su alrededor hay 2.000 personas. Son las dos de la mañana y la noche se presta a pasarla fuera de casa. Es el último jueves antes de las vacaciones Semana Santa y los universitarios compostelanos -y no tan compostelanos- beben a rabiar. La escalinata del campus, en la entrada de la Alameda, parece un gigantesco banco de peces.

La novedad de la noche está en la basura. El Concello decidió al fin colocar contenedores grandes en la zona botellonera, a ver si hay suerte y algún despistado acaba tirando alguna de las botellas al colector. Junto a ellos hay un tipo con pinta de hippy . Un chaval llega, tira su botella y vuelve junto a los suyos con premio y una sonrisa en la boca.

«¡Me han dado un condón!». Efectivamente, el tipo con pinta de hippy regala un preservativo al que se porta bien y lleva su basura con cuidado a donde tiene que llevarla. Las conciencias ecológicas se despiertan de un bofetón.

Lo que no ha cambiado es el resto. Mucha risa, mucho grito, mucho canto, mucha copa, mucha vomitona, muchas erres pronunciadas a medias y un montonazo de abrazos. «Tío, eres el mejor», le chilla al oído un barbudo a su amigo. Es la exaltación de la amistad en estado puro. Los jóvenes se concentran en masa para evadirse del mundo y decirse las cosas más personales -«Te quiero un montón», «Este es un tío de p... madre», son las más clásicas-, las que no se dirían estando a solas.

Mientras tanto, en la Alameda hay también unos chavales que se afanan en regar la acera. Se emplean en ello con un rigor que parece innato. Nadie sin paraguas y con dos dedos de frente podría caminar a esas horas por la acera que está pegada a la Alameda en la avenida de A Coruña. Al final, la noche acabará con cinco multados por orinar en la vía pública: cuatro meones y una meona. De 350 euros para arriba.

Y en el paso de peatones siguen a lo suyo. Nadie sabe si ese grupillo ha acampado allí por decisión propia o porque no había más sitio en el parque. Pero no son los únicos. Que si un chico baja un momento a hablar con otro, que si a aquel se le cae algo, que si mira quién viene por allá, que si cuánto tiempo sin verte... El caso es que la avenida de A Coruña es una yinkana para los coches.

Pero el campillo no es el único lugar festivo de Compostela. Hay estudiantes que son mucho más caseros y prefieren sus pisitos para armar las mejores juergas. Al final de la noche solo tres acabarán desalojados por los agentes municipales.

Es una noche larga. No acabará hasta las ocho y pico de la mañana, o más en algunos casos. Los chavales, ya ojerosos, se cruzarán con otros que van a trabajar y las aulas de las facultades se pasarán el viernes desiertas.

Pero hasta entonces aún queda mucho botellón -los primeros dejan la Alameda a las dos y media- y mucha discoteca. Los botelloneros se irán en procesión festiva por la ciudad, de local en local. Ya se sabe, empieza la Semana Santa.

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