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Santiago de Compostela, 14/10/07
A BORDO

El político-espectador

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Tan importante como reclamar nuevas competencias, debiera ser organizar las que hay. En ocasiones, la competencia en cuestión se encuentra dispersa de forma que es de todos y de nadie, y su ejercicio depende del acuerdo de varias administraciones que se miran con suspicacia, para finalmente constituir una comisión interdepartamental, que elabora un documento de trabajo que se remite a los órganos competentes, los cuales para salir de dudas establecen un convenio, etcétera.

Mientras dura el peregrinaje, los ciudadanos a quienes afecta el problema se van muriendo, o se convierten en lectores asiduos de Kafka con la esperanza de encontrar en sus páginas alguna explicación a lo que están padeciendo. Es bastante simple, sufridos amigos: las burocracias políticas pueden tener distintas etiquetas de partido, pero coinciden en su empeño por adormecer al administrado incómodo.

Tenemos el ejemplo del botellón. El problema no es nuevo, las quejas no son de ahora, pero los políticos se han beneficiado de una oportuna confusión competencial. Nadie sabe a estas alturas de quién depende evitar los desmanes nocturnos.

No se hacen tampoco grandes esfuerzos por lograr en exclusiva esa competencia para ésta o aquélla Administración, lo que contrasta con las frecuentes peleas para quedarse con otras de menor impacto en la vida ciudadana. Es como si sólo apeteciera tener las competencias fáciles, las que no entrañan conflicto y permiten el cómodo lucimiento.

El botellón, mejor dejarlo depositado en el limbo de las competencias. Así los vecinos irán de puerta en puerta desconcertados, y ninguna Administración cargará con el peso de su indignación. Gracias a la bruma que envuelve el asunto, todos los políticos podrán mostrar su honda preocupación y ninguno su determinación.

Como ocurre en otros problemas, el político solucionador deja paso al político espectador, cuya misión es solidarizarse con los afectados, acompañarlos en sus sentimientos e incluso horrorizarse por cómo quedan las calles después de las borracheras multitudinarias. Está en boga el político colega, agradable, comprensivo, al que todos consideraríamos el mejor de los vecinos. ¿Pero soluciona algo? No, aunque suele manejar varias fórmulas tranquilizantes.

La primera consiste en afirmar que el asunto es complejo, con distintos matices y diferentes componentes que hay que analizar con calma. La segunda busca transferir sus responsabilidades a la sociedad, con eufemismos como el pacto cívico o el acuerdo social que, en el caso del botellón, debe traducirse en una mesa negociadora entre los ciudadanos y los borrachos.

El político espectador, en un alarde de audacia, se transforma en político árbitro entre dos partes equidistantes. La cuestión es no mojarse. El objetivo es no recurrir por nada del mundo a la autoridad democrática que las urnas le prestaron para ejercerlas, no para ser guardadas en un cajón del despacho. La competencia es difusa, y aún encima se carga en las espaldas de una sociedad que tiene derecho a preguntarse para qué quiere ser político alguien que no está dispuesto a mandar, ni tener criterio.

Unas veces el político se pelea por tener en exclusiva una competencia, y otras hace todo lo posible por difuminarla, con argumentos y tretas que recuerdan mucho al Pilatos evangélico. No es que el sistema funcione mal, al contrario, es así como tiene que funcionar para que el político espectador continúe en su nirvana.

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