Tenerife, 13/10/07 Miguel Ángel Guisado"Homo Energúmenis"HACE TAN SÓLO unos días, una mujer joven increpaba educadamente desde la primera planta de un edificio a un melómano urbano, nueva especie de involución humana. Lo cierto es que el motivo de su actuación nos quedaba claro a todos los que existíamos en un radio de unos doscientos metros del lugar del suceso. Como no podía esperarse de otra manera, el ínclito aficionado a la música contestó de forma grosera y soez a la insensible ciudadana que, humildemente, clamaba por su derecho a la percepción de menos decibelios. Por favor, tan sólo unos menos. Y es que, de poco a esta parte, la generosidad musical hace gala y brilla en nuestras ciudades. Que levante la mano quien no haya sido arrollado en el interior de su vehículo por las ondas sonoras lanzadas desde un coche que está dos o tres posiciones más atrás en la cola de un semáforo. Que haga una señal aquél que no haya tenido que elevar el volumen de su voz en la calle, cuando es barrido por el "efecto doppler" del reggaeton en movimiento, normalmente vertido a raudales desde un cochecillo negro con cromados, barato envoltorio del auténtico valor musical que esconde. Tenemos que subir nuestra radio, tenemos que subir el volumen del televisor, tenemos que taparnos los oídos. Porque esta gente que se place de oír la música con una intensidad insoportable hace gala de una generosidad que raya la total renunciación. Les gusta que sepamos que ellos escuchan esa música, y la comparten con nosotros, y nos fuerzan a oírla a nuestro pesar, regalándonos su brutalidad acústica. El suceso que abrió este episodio fue también singular: llegó el paquete rodado que contenía un potente equipo de música, siempre, ya sabemos, con las ventanillas bajadas, derramando exquisitez. El sujeto se apeó de su vehículo, dejó puesto el vandálico sonsonete en doble fila, y entró en una tienda, arrastrando tras de sí un halo musical que cubrió con una espesa manta unos cientos de metros. El hombre quería seguir oyendo su musiquilla. Y sólo una persona protestó, atónita, al sentir invadida la intimidad de su hogar con un intangible tan hortera como perturbador. El incívico elemento, acostumbrado en su educación a no respetar la paz ajena, no contento ya con la molestia suscitada, respondió de la manera esperada, la que ustedes están pensando. ¡Qué indefensión nos asiste! Ahora imagínese que usted denuncia al agresor sonoro. Y que tiene pruebas, claro. Y que éste sabe de dónde proviene la acusación. Sabe dónde vive. Imagínese la represalia: ese funesto cochecillo paseando lentamente por delante de su casa con los bajos haciendo temblar los muebles un día tras otro, en horas intempestivas, a hurtadillas de la policía. Bueno, mejor no denunciar. Esta gente es así de previsible en su vil comportamiento. Nos queda aspirar a que el azar lleve por otras calles a estos energúmenos, y que nuestro gobierno municipal dé orden expresa de perseguir y amonestar estos malos hábitos cada vez más frecuentes. Y ya que hemos de oír por obligación estas músicas regaladas a raudales por esa pequeña pero molesta panda de cafres desconsiderados, esperemos que a nuestras autoridades también les suene el mensaje, y que esto les despierte la conciencia para actuar. Mejor despertador no podrían tener. Con pequeñas voluntades empujando en este sentido podremos limpiar algo más nuestras ciudades de la contaminación que, no nos olvidemos, también nos entra por los oídos. ¿Subo el volumen de esta proclama? ma.guisado@hotmail.com
Más noticias de este mes | Último mes | Índice general de noticias |