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Madrid, 17/11/07

La delgada línea entre el brindis familiar y el botellón

Un estudio que analiza el consumo excesivo de alcohol en la adolescencia critica la permisividad social y familiar de cierto grado de embriaguez
PALOMA DÍAZ SOTERO

«Cuando le decimos a un joven que para divertirse no es necesario beber, nos dice: 'Ya, pero es que bebiendo me divierto más'». El profesor Eusebio Megías, director técnico de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, constataba ayer esta realidad social durante la presentación de su estudio Adolescentes ante el alcohol. La mirada de padres y madres, publicado por Fundación La Caixa.

En él se abordan, sobre todo, las causas de un fenómeno preocupante y al que la mayoría de los progenitores no sabe cómo enfrentarse: el abuso del alcohol de sus hijos como diversión del fin de semana.

El panorama viene definido por un puñado de cifras contundentes: a los 14 años encontramos un 38% de bebedores regulares en fin de semana; a los 16, un 72%; y a los 18, un 82%.

Teóricamente, apuntó el profesor Megías, sí es posible disociar ocio y alcohol, pero, «en la práctica, son conceptos casi indisolubles». Y esta otra realidad tiene su origen en esa tradición cultural tan arraigada en España de que el alcohol presida, en abundancia, todas las celebraciones.

¿Cómo pueden decir los padres a los hijos que el alcohol es malo si en cada Navidad, cada cumpleaños y cada reunión familiar que han presenciado desde pequeños ha corrido el vino, el champán y los licores? Es más, seguro que han presenciado bastantes escenas de borracheras.

Una sociedad ambivalente

Para los autores de la investigación, esta situación ambivalente genera impotencia a padres e insensibilidad sobre el tema a los hijos. «El chico ya sabe lo que el padre va a decirle, así que lo oye como quien oye llover», apuntaba ayer el director de la investigación.

Al final, dice el estudio, «los padres evitan tratar directamente el problema por considerarlo precipitado antes de que se produzca, e inútil cuando ya se ha presentado».

«Las alarmas no se disparan, en muchos casos, hasta que se descubre que la ingesta de alcohol incluye el consumo de drogas», advierte.

Y mientras, en casa, los progenitores, impotentes, guardan silencio o se limitan a castigar a los hijos por haberles pillado borrachos, no dejan de «exigir soluciones a otros (escuela y administraciones)».

Otra situación de ambivalencia que impide a los jóvenes tener una visión negativa del alcohol es, según el equipo investigador, que la ley prohíba el consumo hasta los 18 y lo permita desde esa edad. ¿Qué tienen los 18 años que no tengan los 14 o los 16 a la hora de divertirse?

Más desorientación, si cabe, puede provocarla el fácil acceso a las bebidas alcohólicas. El 94% de los escolares españoles cree que obtener alcohol es fácil o muy fácil.

En resumen, apunta el estudio, vivimos en una sociedad que «rechaza el alcoholismo formalmente, pero acepta la embriaguez jovial». Mal caldo de cultivo para el asentamiento de valores en la adolescencia.

«Habrá que reeditar el debate social», reclamó ayer Eusebio Megías. «Tampoco podemos convivir con esa ambigüedad legal», agregó.

Cambio del modelo social

Actualmente, los jóvenes «no beben por algo, sino porque hay que hacerlo». Identifican el consumo de alcohol con la diversión y con dar la espalda a las normas; y llegan a buscar «la intoxicación etílica como fin en sí misma».

Podría alegarse que en España siempre se ha bebido, pero que sólo se han alcanzado estos niveles de consumo desenfrenado en los últimos 20 años. ¿Qué ha cambiado en la sociedad para que cambie el modelo de consumo? Para esta cuestión, el estudio que presentó ayer La Caixa también tiene respuesta: si el consumo en sí mismo se ha convertido en una cualidad predominante de nuestra sociedad, y más vinculado al ocio, también lo ha hecho el consumo de alcohol.

«La enfatización del ocio, la prioridad de valores consumistas y lúdicos, la prolongación de la etapa adolescente/juvenil, el desarrollo de una industria del ocio muy potente y unos cambios socioeconómicos que, al tiempo que contribuyen a quitar responsabilidades al colectivo juvenil, inyectan en éste unos recursos económicos insuficientes para la emancipación, por lo que se vuelcan en el consumo», explica el estudio.

Este cambio de modelo se traduce en que «el joven no tiene dinero para independizarse, pero sí para un consumo desmesurado», apuntaba Eusebio Megías. Estamos, por tanto, ante un patrón de vida que lejos de priorizar el trabajo, prioriza la diversión. Eso entronca directamente con la inmadurez; y ésta, con el alcohol.

Según el profesor Megías, los jóvenes que corren el riesgo de beber más y con mayor descontrol «son más acríticos, más inmaduros y tienen menos autonomía para hacer cosas por su cuenta». Además, apunta, «tienen la fantasía de que la vida puede ser una fiesta constante».

Tendencia incipiente a la moderación

Pese a la constatación de tan alarmantes tendencias, los investigadores del estudio 'Adolescentes ante el alcohol' han apreciado en las entrevistas realizadas a jóvenes que «en los últimos años comienzan a acotarse los límites del exceso y empieza a estar mal vista una conducta de clara transposición de esos límites, que se atribuye básicamente a los inmaduros».

Una investigación de 2005 citada en el estudio destaca la diferenciación que los jóvenes hacen entre diversos efectos del alcohol: el «buen rollo» genera alegría y distensión; el «puntito», euforia, risas y desinhibición; el «pedo» sería desagradable y conflictivo, y la «borrachera» rompería la relación grupal.

Esto puede interpretarse como cierta moderación en el conocido desafío de 'a ver quién bebe más' y 'a ver quién aguanta más'. «Los excesos son menos enfatizados», señala la investigación; e incluso «llega a estigmatizarse» a quienes pierden el control cuando beben.

Por ello, el estudio advierte a los padres de la posibilidad de aprovechar este filón de la autocrítica y el autocontrol y, si no pueden impedir que sus hijos beban, sí intenten reforzar ese manido lema del «saber beber», que equivale a «saber parar».

Según el profesor Eusebio Megías, director del estudio, el consumo de alcohol en la adolescencia «tiene que ver con la autoestima y con la capacidad crítica. Y eso no se enseña en la escuela. Hay que enseñarlo en casa».

LAS CIFRAS

82%. Es el porcentaje de jóvenes de 18 años que reconoce un consumo excesivo de alcohol los fines de semana. Con 17 años, son un 78%; con 16, un 72%; con 15, un 58%, y con 14 años, un 38%.

93,8%. Son los escolares españoles que creen fácil o muy fácil obtener alcohol.

44%. Es la proporción de aquellos jóvenes que reconocen que beben en exceso y dicen no encontrarle ninguna ventaja a la borrachera, según un estudio elaborado en el País Vasco.

11º. Es el puesto que ocupa España en el 'ranking' europeo de consumo de alcohol, según Eurostat. Entre los países mediterráneos, somos los primeros. Los episodios frecuentes de abuso están más cercanos al patrón nórdico.

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