Córdoba, 09/05/07 PASO A PASOTranseúntes del botellónFRANCISCO DancausaLa semana pasada, con las cruces vestidas de comunión, impecables e inmaculadas como esos marineritos y princesitas de la fe de mayo, este diario, en portada, editaba una foto sostenida por un titular con tintes de telegrama de guerra ("El botellón se adueña de las cruces"), y en la que un grupo de jóvenes, los del botellón, mancillaban la virginidad de la cruz del Bailio con bolsas, botellas e impostura. La estampa producía la misma grima que un pastel rondado de moscas. Los botellistas, sin ningún tipo de rebozo y como si se tratara de una sentada del Woodstock del 69, ahogaban en plástico, cristal y tafanarios la suave perspectiva de la cuesta del Bailio. Lo peor, como siempre, vendría después y no estaba en la fotografía: el alcohol, tomado en competición, esto es, en plan botellódromo, desinhibe, en la misma proporción, esfínteres y civismo. No obstante, hay otra lectura de este fenómeno en el que gente, en plena flor de la vida, decide que el alcohol plastificado y transeúnte sea su cicerón, uniforme y lira perpetuos en fiestas, saraos, acontecimientos y otros eventos abiertos de nuestra ciudad: se trata de averiguar el por qué la juventud anega sus momentos de amistad y ocio, sus capacidades sociales y comunicacionales, e incluso sus sentimientos amorosos con el alcohol, con tanta naturalidad y sensación de impunidad que hasta la borrachera pública y de masas tienden a considerarla un derecho. Y para colmo de males, o de cinismo, o, quizá, de marasmo político, esta dipsomanía gregaria y exhibicionista se la cohonestamos en botellódromos; aunque lo que realmente hemos propiciado es una especie de transeúntes del botellón que vagan sin un techo educativo que les evite de la intemperie del mal uso del alcohol: la marginalidad; la misma que hemos visto y sufrido en estas Cruces de Mayo. * Publicista
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