Logroño, 04/05/07 CAUTIVO Y DESARMADODuro y a la cabezaQuizá es que soy un enfermo. O que con los años y la vida me voy volviendo un pervertido. Ya se sabe, uno empieza siendo un chaval salidete como todos y con los años termina más podrido que un danone del Naranjito. Puede pasar: también Jiménez Losantos empezó siendo comunistaPABLO ÁLVAREZPorque ahí estaba yo, agarrado al sillón, babeando por la comisura y escupiéndole a la tele. «¿Dale, dale!», gruñía con los ojos como pelotas de baloncesto. «¿Con todo lo gordo!». Lo raro, claro, es que no estaba precisamente viendo una de Rocco Siffredi (en casa, a las tres de la tarde y con la señora al lado queda mal). Lo que yo sintonizaba era el telediario. Y lo que se veía era un antidisturbios grande como un castillo, pillado en el acto de contarle las costillas con una porra a un zagal en Malasaña, una noche de éstas. Y yo, lo confieso, disfrutando. Dale. A la cabeza. Es vergonzoso, lo sé. Sé que uno no debería alegrarse con la desgracia ajena, ni desear coscorrones al prójimo, y menos si está en edad de estudiar. Pero también sé yo que no estoy solo en mi pecado. Conmigo están decenas de miles de personas en este nuestro país, gente de toda extracción y condición. Víctimas todos del pavoroso botellón. Porque este país está siendo víctima de una epidemia: una chavalería que cree que todo le está permitido. Que puede estar cantando debajo de mi ventana a las tres de la mañana de un jueves, simplemente porque les sale de los cataplines a ellos y al poli local que se descojona de mí cuando le pido ayuda por teléfono. Gentuza borracha que se mea en mi portal, que rompe mis jardines y que, si por un casual llega la pasma, se enfada, quema contenedores y fordfiestas y reclama su derecho a seguir jodiéndome. Así que me he grabado el telediario, y me lo pongo de cuando en cuando. Cada uno tiene sus vicios.
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