Madrid, 03/05/07 Botellón y violencia urbanaLa Plaza del Dos de Mayo de Madrid ha sido escenario de violentas algaradas callejeras que constituyen un serio motivo de preocupación. Decenas de detenidos y de heridos son el saldo de la agresión de unos quinientos jóvenes contra la Policía en el barrio de Malasaña, como producto de una mezcla heterogénea de extremistas, tribus urbanas y habituales del «botellón» y la «litrona». Los ciudadanos tienen derecho a que las administraciones públicas garanticen el orden y las libertades más elementales, entre ellas la libertad de circulación o el derecho al descanso. Los vecinos sufren graves perjuicios en las zonas tomadas por las fiestas colectivas sin que se haya logrado encontrar un equilibrio razonable entre los derechos de todos. De nada sirve aprobar leyes o que el propio TC dicte sentencias contra el ruido si luego no se adoptan medidas eficaces para su garantía y puesta en práctica. La cosa se complica cuando las molestias cotidianas se transforman en degradación de calles y barrios por causa de la violencia y por la proliferación de actos delictivos que no pueden ser considerados menores o secundarios. Un ambiente social permisivo en exceso crea el caldo de cultivo para el desarrollo de estas conductas. Por unas o por otras razones, la familia y la escuela son incapaces de enseñar comportamientos cívicos. Muchos jóvenes crecen oyendo hablar sólo de derechos y nunca de deberes, al tiempo que se fomenta una imagen «buenista» sobre los problemas sociales. En este contexto la violencia pasa a ser una práctica asumida en los comportamientos juveniles. La televisión, los videojuegos y otros medios de comunicación ofrecen imágenes continuas de luchas y enfrentamientos, magnificando muchas veces al triunfador y dejando caer el mensaje de que en la vida impera siempre la ley del más fuerte. De ahí a la imitación de los supuestos triunfadores sólo hay un paso, que se acompaña a veces por el alcohol y el consumo de drogas al amparo de una cierta sensación de impunidad. Son problemas sociales muy graves que no se deben enfocar con criterios alarmistas, pero tampoco con demagogia. Una sociedad desarrollada como la española genera sin duda riesgos de este tipo, pero la madurez social consiste precisamente en poner los medios para que actuaciones de esta naturaleza no se conviertan en un fenómeno generalizado. Para ello, hay que transmitir valores como el esfuerzo, la solidaridad y el reconocimiento del trabajo bien hecho con la intención de generar un cambio de mentalidad. La proximidad de las elecciones locales introduce un factor adicional en los sucesos de estos últimos días. No es la primera vez que grupos minoritarios pretenden crear una sensación de caos, ya sea en los transportes, en los hospitales o en la gestión de algunos servicios públicos. Es llamativo que en zonas como Malasaña, donde el «botellón» existe desde hace años sin que ocurra nada fuera de lo corriente, se produzcan ahora agresiones y altercados. Esta impresión caótica favorece sin duda a quienes deseen ofrecer la imagen de que el partido que gobierna en el Ayuntamiento y en la Comunidad es incapaz de garantizar la convivencia cívica. Nada más lejos de la realidad, a pesar de las palabras inoportunas del candidato del PSOE a la alcaldía. Para evitar cualquier confusión interesada, los propios socialistas deberían desmarcarse de estos mensajes cuya utilidad electoral es más que dudosa, puesto que -con independencia de legítimas opciones ideológicas- es evidente que en Madrid las cosas funcionan bien. Los partidos políticos serios deben ponerse a trabajar conjuntamente para evitar que hechos aislados lleguen a convertirse en problemas endémicos. El ejemplo negativo de algunas grandes ciudades en Europa y en todo el mundo exige de los poderes públicos una labor cuidadosa para prevenir los incidentes y para sancionar con eficacia a los culpables.
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