Valencia, 18/03/07 Las fallas llevan siglo y medio creciendo entre tensiones por sus excesosDesde 1886, en que el Ayuntamiento paró la fiesta a base de impuestos, hasta nuestros días, la fiesta popular ha crecido sin parar Las quejas y tensiones de una parte de los vecinos y del Ayuntamiento han sido continuas en la larga historia de las fallasF. P. PUCHE
En el año 1896, Valencia no plantó fallas. Estábamos en guerra, morían los soldados en Cuba y el ambiente de tensión generado por Blasco Ibáñez contra la guerra era tan intenso que se prohibieron las fallas mientras las tropas patrullaban en las calles. Pero diez años antes, en 1886, tampoco había habido fallas y las causas habían sido muy otras: el Ayuntamiento, harto de excesos falleros, de transgresiones a la moral y al buen gusto, elevó de 30 a sesenta pesetas el impuesto que cobraba por plantar fallas. El alcalde de la época tuvo que recular y las fallas acabaron triunfando. Con el estímulo de las publicaciones satíricas y populares, el humor de barrio salió triunfante del acoso municipal y de otro factor que viene estando presente desde hace siglo y medio, que es la queja de los vecinos a los que no les gusta la jarana. Uno de los grabados clásicos de la fiesta nos muestra, a finales del siglo XIX, la prevención y rechazo de unos vecinos de la buena burguesía, ya mayores, que parecen alejarse, huir, de una falla de barrio rodeada de gente del pueblo. Es un modelo convencional de representar unas tensiones eternas. Las fallas, como expresión callejera y popular, han crecido contra la corriente. Y en ese camino, siempre construido a base de excesos –de transgresiones de lo establecido—han encontrado su justificación esencial. LAS PROVINCIAS siempre ha estado atenta al relato de esas tensiones y ha procurado, pese a las dificultades, ser fiel de la balanza entre la necesaria diversión popular y el sentido común de la vida y el descanso de todos. No ha sido una tarea fácil; por el contrario, el periódico, en su independencia de criterio, ha sido frecuente que tropezara con la incomprensión de los falleros, los contrarios a la fiesta y el Ayuntamiento. Pero no hay que ir al siglo XIX para ver ejemplos de lo que anotamos: hace medio siglo, en 1956, LAS PROVINCIAS se quejó amargamente porque la Cabalgata del Ninot era excesiva, se prolongaba hasta las dos de la madrugada y se hacía imposible llegar a tiempo a la redacción para contársela a los lectores. Hace cincuenta años, hay otros ejemplos llamativos. En la Ofrenda de 1957, LAS PROVINCIAS hizo un cálculo de las personas que habían desfilado en el festejo, determinó que habían sido 10.000 y estableció que un acto que ocupaba ¡tres horas! de la mañana del 19 de marzo era un exceso que se debía contener. Lo más granado de la redacción de aquél tiempo estaba muy de acuerdo en que era preciso hacer algo con urgencia: y se llegó a sugerir un desfile solamente femenino e incluso el uso de plataformas rodantes donde las falleras pudieran ser transportadas, en contingentes, sin necesidad de caminar… La idea, aunque pueda parecerlo, no era ninguna locura: las comisiones falleras llegan hoy en autobuses climatizados a los puntos de concentración de las dos rutas establecidas. Y la Ofrenda, todos lo sabemos, ocupa unas veinte horas, distribuidas en dos jornadas. Reflexiones, ideas nuevas, críticas, debates y protestas, acompañan la fiesta desde que en los años sesenta crecieron de forma desmesurada. Las quejas por el ruido, la ocupación y corte de calles, las verbenas, los estragos de las motos y quienes disparan petardos, por los puestos de churros y por la invasión de vendedores ambulantes, son constantes en los últimos cuarenta años.
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