Madrid, 18/02/07 Estallan las fiestasEn nombre de la tradición o el ocio, muchos vecinos soportan cada noche el azote de cientos de decibelios en sus oídos. Estas son algunas víctimas impotentes que tratan de sobrevivir al infierno del ruidoVIRGINIA RÓDENAS
Porque cuando al médico sevillano Jaime Galbarro, que sufrió su ataque durante siete años, le preguntas por el daño que le afligió el ruido, se descompone y desmenuza su drama, y el de toda la familia, no ya en el relato de esas noches insomnes por culpa de una maquinaria contigua a su domicilio, sino en la descripción de las secuelas que hoy padece: la angustia del recuerdo, hipersensibilidad a cualquier tipo de sonido y el pánico a que en cualquier momento otro les haga pasar por lo mismo. Porque Antonio y sus hijos, que al fin pudieron dormir hace dos años tras un lustro de desvelo porque la juerga del prójimo se lo impedía, no se sienten seguros; porque Ana, y Fernando y Daniel, y todos a cuantos hemos preguntado están aterrados porque la tortura reaparezca inesperadamente y se repiten continuamente por qué, por qué les tocó a ellos, qué mala pata hizo que fueran ellos precisamente las víctimas de ese castigo consentido, y por ello aún más doloroso e inquietante, y tuvieran que sufrir la mortificación terrible del ruido que no cesa. A todos les ha recorrido un escalofrío el saber que para un puñado de vecinos de Santa Cruz de Tenerife, al que para más inri la justicia ha dado una razón que no se ejecuta, la agresión no ha hecho más que empezar: si nadie lo impide, en nombre de la tradición y la cultura, deberán soportar cada noche y durante un mínimo de ocho horas, el azote de 115 decibelios, «los mismos que produce un avión reactor a punto de despegar». Condiciones de vidaSegún el Instituto Nacional de Estadística, en su informe sobre las condiciones de vida de los españoles, un 30% se queja de ruidos. «Este dato, el de que somos el país más ruidoso de Europa y el segundo del mundo, según la OCDE -repasa Joaquín Herrera, presidente de Juristas contra el Ruido-, viene avalado por los informes anuales de los defensores del pueblo. Y los ecobarómetros autonómicos establecen que los ciudadanos consideran, entre los problemas ambientales, al ruido como el primer o segundo más importante». Luego, paradójicamente, y salvo honrosas excepciones, a las asociaciones ecologistas no les ha interesado este asunto, «no sabemos -dicen las víctimas- si porque al homo sapiens no lo incluyen en la escala de especie protegida del reino animal». A Justo Fernández le quita el sueño el estruendo de los coches engalanados en su calle de Santa Cruz y la amenaza de los tinerfeños exaltados, después de que su denuncia, como la del resto de los afectados por el ruido del carnaval canario, les arrojara, por obra del alcalde, según declara, «al fuego del odio vecinal, tras decir falsamente que queríamos cargarnos las fiestas. Mentira: lo que queremos es que no se pisoteen nuestros derechos fundamentales. ¿Por qué vamos a tener que soportar durante 16 días, y de once de la noche a diez de la mañana, la música que sale de los altavoces instalados en unos coches de desguace, que compiten en volumen con los de los quioscos y bares por ver quién se lleva más clientes? Y anuncia: «Llegaremos hasta el Constitucional». Ya dice el doctor Galbarro, que tanto sufrió, que «para ser consciente de esta atrocidad hay que vivirla». Y sobrevivirla. A la viuda de Serafín Tabernero no le cabe la menor duda de que fue el ruido el que causó el infarto a su esposo tras una batalla de años en pro del silencio que nunca llegó al corazón de Zaragoza. A Francisco Sánchez Sahorí, filósofo, una discoteca en los bajos de su casa de Albacete le llevó al exilio: «Con mi mujer embarazada de siete meses, desquiciados por no poder pegar ojo, decidimos formar la asociación Albacete contra el Ruido. Luego, hicimos lo que la gente que huía del fascismo en el siglo XX: irnos». Pero bien sabe el filósofo que muchos otros no pueden. «Lo peor que te puede pasar si padeces la agresión del ruido es que no tengas a dónde ir. Entonces, te puedes morir. Sabes de familias que han tenido que interrumpir un proyecto de embarazo porque la mujer ha sido diagnosticada de una depresión tan fuerte por el ruido que era incompatible con una gestación, de bajas laborales, de falta de rendimiento, de niñas de tres años que se acuestan por la noche preguntando si también hoy vendrá el 'chunda-chunda' como si se tratara de un monstruo» Enfermedad, muerte, exilios temporales, hogares malvendidos... O emplearse con santa paciencia en pleitos, que aunque se ganen, no dejan de ser, como se sabe, toda una maldición. El presidente de Juristas contra el Ruido avisa de que lo que ha ocurrido en Canarias es la prueba de que al final se gana, como se gana el 80% de las denuncias por ruido. «El problema es que tenemos una Ley del Ruido -señala Herrera- que potencia las mediciones en vez de las medidas cautelares, lo que deja a la víctima desprotegida». FobiasPorque pocos argumentos se pueden alegar en defensa de los agresores cuando los agredidos llegan a los bufetes tras pasar por psiquiatras y psicólogos, «con fobias al propio domicilio o, más aún, instalados en la figura del laberinto del caracol, cuando la depresión es tan profunda que ni pueden desprenderse de la casa en la que han invertido su dinero al sentirse incapaces de hacerle a otro esa faena». Y si como dice Ignacio Sáenz de Cosculluela, presidente de la Plataforma Estatal de Asociaciones contra el Ruido y las Actividades Molestas (Peacram), las autoridades municipales apelan a que la idiosincrasia de este este país es el ruido y que en las fiestas vale todo, «cambien ustedes la Constitución, la Ley del Ruido y las ordenanzas municipales, porque de lo contrario estarán prevaricando. Nadie está en contra de una verbena o un desfile, pero ¿hasta las diez de la mañana! ¿Durante quince días! ¿Por qué no se puede llegar a un acuerdo? ¿Por qué la gente tiene que huir de sus casas?». Pero eso es lo que hace. Muchos pamploneses abandonan sus hogares en San Fermín o valencianos durante las fallas por glosar algunas de las fiestas más internacionales y estruendosas de la geografía española.
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