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Valladolid, 18/02/07

El ruido: La rebelion de las victimas

por Agustín Bocos

Parece que las carnestolendas de este año no sólo nos están recordando que tenemos que prepararnos para la cuaresma y despedirnos de la carne, también nos ha presentado antes nuestras miradas que existen personas que sufren mientras otras se divierten, que tienen que abandonar sus viviendas- los que pueden, claro- o resignarse a no poder descansar ni tan siquiera usar con una mínima dignidad su propio hogar. El problema viene de lejos: nada menos que doscientos años ininterrumpidos lleva celebrándose el Carnaval de Santa Cruz sin que nadie haya osado detenerlo, ni la Guerra Civil ni la Dictadura lo consiguieron. ¿Por qué no han protestado antes los vecinos que tanto se quejan ahora?, dirán algunos ¿ No será que quieren engancharse al tan de moda carro de la crispación ?, dirán los malpensados.

Yo aconsejo a todas estas personas que se han alzado en contra de los vecinos, bueno y a todo el mundo, que vean la deliciosa película “Jour de Fête” de Jacques Tati. En ella se describe de forma magistral lo que hasta hace bien poco suponían las fiestas en una localidad europea de mediados del siglo pasado. Los vecinos anhelaban todo el año que llegaran esos días con la ilusión de un niño que vive la llegada de los Reyes Magos. Era el fin de un ciclo y el principio de algo nuevo que se vivía con ilusión y esperanza, como si se renovara la vida. Y entonces el pueblo se transforma, llegan los feriantes, mercachifles y buhoneros, se alzan los mástiles, se enarbolan las banderas, hasta los animales se engalanan. Pero las ferias no suponían una ruptura de la vida ciudadana ni mucho menos un enfrentamiento entre la población. Se integraba armónicamente en el pueblo. Todos necesitan olvidar sus penas y nadie se siente incómodo o desplazado porque todos llevamos dentro la alegría y la necesidad de expansión, como llevamos la melancolía y el decoro, todos en el fondo necesitamos un alto en el camino. Algo parecido nos cuenta Serrat en su mítica canción “Fiesta”.

Pero la globalización ha llegado también a las fiestas y hoy en día da prácticamente lo mismo estar en los Carnavales que en San Fermín o en las Fallas de Valencia. Es igual que se celebre la vendimia o la fiesta de la castaña. Cualquier motivo es bien recibido por las autoridades locales para que se autorice que unos pocos tomen la calle y atemoricen a la población, generalmente de los centros históricos- “que a fin de cuentas son unos pocos viejos”- con atronadores equipos musicales, permitiendo lanzar toda clase de aparatos pirotécnicos, alargando absurdamente las jornadas festivas y convirtiendo las calles en un permanente “botellón”. Nada importa ya la historia o el significado de la fiesta que estamos celebrando.

Los que tenemos ya unos años recordamos el respeto que infundían los serenos, que desaparecieron de nuestras ciudades como los tranvías y las casas de comidas. Nadie osaba ni tan siquiera alzar la voz en la noche porque enseguida acudía el sereno a recriminar tu actitud. No necesitaba armas ni mucho menos poner multas. Y si estabas algo bebido, te acompañaba a tu casa y te abría el portal. Eran otros tiempos indudablemente pero ¿por qué no se crea con urgencia un cuerpo de orden que simplemente se encargue de dejar descansar a los vecinos de nuestras ciudades ? Porque hoy en día en España hay mucha gente que está de carnaval prácticamente todo el año. Solamente tienen que pasearse por una de las zonas de la todavía apodada “movida” o en una de esas otras donde sistemáticamente se permite el “botellón”. Con un poco de paciencia verán jóvenes, incluso menores, que se drogan y emborrachan sin temor. Tienen música, por supuesto al máximo nivel y están toda la noche con los únicos límites que el clima les permita. La mayoría de nuestras demócratas autoridades locales consideran que la juventud tiene derecho a divertirse y que son muy pocos los vecinos afectados. Con limpiar un poco la zona y la mirada puesta en las próximas elecciones ya creen que han hecho bastante. Es un problema de educación y ahí no podemos hacer nada, dicen para justificar su inoperancia.

El caso de Santa Cruz de Tenerife es el paradigma de lo que está sucediendo en España. Nadie en su sano juicio puede pensar que se vayan a prohibir los carnavales por las quejas de unos vecinos. Pero por unos días los medios de comunicación nos han recordado que hay gente que sufre a costa de los demás, que no siempre tienen razón los que más ruido hacen, que pueden y deben buscarse soluciones que permitan conciliar a los que quieren divertirse con los que necesitan descansar, que debemos recuperar el auténtico sentido de nuestras tradiciones y no dejarnos llevar por los intereses económicos de los que protegen estas fiestas porque es su negocio del año, que el ruido también produce víctimas que hasta ahora han estado calladas y tienen derecho a la rebeldía.

Valladolid, 15 de febrero de 2007.

 

Agustín Bocos Muñoz
Abogado

Asesor Jurídico de la Asociación contra el Ruido de Valladolid

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