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Tenerife, 11/02/07

¿Vuelta al otro carnaval?

La Buena Uva José H. Chela

No es que a uno le guste nadar contracorriente. Pasa, simplemente, que una suspensión cautelar es, únicamente, una suspensión cautelar. Habrá que esperar a mañana para saber cómo, de qué modo y cuánto afectan las decisiones judiciales al Carnaval santacrucero.

De momento, el auto conocido el jueves pasado, le ha venido muy bien al alcalde, Miguel Zerolo, que se ha apresurado a tomar el rábano por las hojas y a situarse en el centro de un presunto ataque a las esencias del Chicharro. Tampoco le ha venido mal al Carnaval mismo, que ha estado estos días en las primeras páginas de los principales rotativos del país y en todos los espacios de noticias de la radio y de la televisión. Quien no hubiese oído hablar hasta ahora de nuestros festejos -si quedaba alguien- ha tenido ahora oportunidad de enterarse de su importancia.

Pero, seamos serios. El problema de nuestro Carnaval es el modelo, que se ha desmadrado. En ese sentido, he de repetir lo que ha he dicho aquí, si no cienes, sí docenas de veces. Que a uno le gustaba más el Carnaval de antes que el de ahora. Y que el de ahora, desde hace años ya, además de haberse masificado y despersonalizado, se ha transformado en una horrísona carajera de decibelios desatados. Ignoro cuántos significan esos 55 que puso el TSJC como barrera para permitir el tenderete -según Zerolo la medida la supera una comparsa danzando por la calle del Pilar, aunque lo dudo-.

Lo que sí sé es que el afán competitivo de chiringuitos y quiosqueros por ver quién pone su música particular a un volumen más estrepitoso da pie a una barahúnda enloquecedora que impide saber a qué son hay que mover el esqueleto -o que obliga a cambiar de pasos y ritmo cada cuatro metros- y que impide alegar. La conversa era importante en los carnavales tradicionales, que se nutrían, en buena medida, de las chanzas y cachondeos y picardías de las mascaritas. ¿Habrá sido el ruido omnipresente el que mató la figura entrañable de la mascarita? Vayan ustedes a saber.

En los carnavales tradicionales -y quien les escribe no es un mojigato, sino un trasnochador impenitente- el personal se divertía a cualquier hora, desde antes de mediodía. Hoy existe otra competición: la de los carnavaleros más jóvenes que, para presumir de que vuelven a casa al día siguiente, bien avanzada la jornada, no salen de los hogares hasta la una de la mañana o las dos. Chiquito mérito, oigan. Lo cierto es que, ahora, un día de Carnaval es un día cualquiera hasta bien entrada la madrugada.

La suspensión cautelar del Carnaval en la calle no hay que tomársela por la tremenda, repito. Significa, simplemente, lo que significa. De lo que ocurra mañana sí podrán desprenderse, probablemente, algunas lecciones que aconsejen retocar ese modelo que considero equivocado. Pero, ningún juez le va a prohibir al auténtico carnavalero que salga disfrazado, en compañía de su parranda, por el Cuadrilátero capitalino, y que cante y baile cuanto le venga en gana, consumiendo sus güisquitos y sus cervecitas en los bares, baretos, tascas y cafeterías del entorno, cuyos propietarios no vienen coyunturalmente de fuera a hacer aquí el negocio puntual, sino que permanecen al pie del cañón en sus locales, durante todo el año, pagando religiosamente sus impuestos y atendiéndonos en nuestro cotidiano día a día.

Quizás lo que algunos califican de severo golpe para nuestras carnestolendas (incluso cuando todavía no se ha dado golpe alguno), pudiera ser, en realidad, un acicate para recuperar el verdadero espíritu del Carnaval, que siempre ha sido, o debiera ser, trasgresor. Una sentencia puede desplazar hacia un lado u otro algunos elementos de la fiesta, que no son sustanciales, sino complementarios. Pero, es la gente la que hace el Carnaval y a esa, aquí, no la desplazó ni Franco.

Lo que sí puede suceder es que el personal se vea obligado a cambiar el chip y retornar, para fortuna de la propia fiesta, a otros carnavales más populares y participativos. Los que celebraba el pueblo llano entusiástica y multitudinariamente cuando la palabra chip ni siquiera figuraba en nuestro vocabulario.

josechela@mojopi.com

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