Tenerife, 03/02/07 ¿Sólo 55 decibelios?Ricardo PeytavíIGNORO SI 55 DECIBELIOS son suficientes para celebrar el Carnaval de Santa Cruz, y les aseguro que no tengo la menor intención de averiguarlo. Esencialmente porque Tenerife y su capital, que además es capital de Canarias, viven sumidas en un estruendo permanente. A lo mejor un día de estos me hago con un artilugio para medir los ruidos -un sonómetro o algo así, me han dicho que se llama- y bajo a la calle a las siete de la mañana sin otra intención que calibrar la escandalera de los barrenderos que, de vez en cuando pero no muy a menudo, barren la plaza que tengo enfrente. Tarea que antes se realizaba con una simple escoba, o una hoja de palmera al mejor estilo vernáculo. Ahora, sin embargo, parece que tan común labor requiere el uso de un motorcito estruendoso que expele aire. Realmente no veo por ninguna parte la utilidad del cachivache, pues lo único que hace es aventar hojarasca, papeles y lo que sea de un lugar a otro, como hacen las domésticas gandulas cuando lo meten todo bajo la alfombra. Pero a los tipos que los usan, y sobre todo al bergante que se los compró, deben parecerles un logro tecnológico digno de la NASA. Nada más lejos de mi intención defender la postura del alcalde Zerolo respecto a la, a su vez, defensa de la gran fiesta chicharrera. A la plebe, pan y circo. Ni siquiera pretendo elogiar la actitud de uno de sus concejales llamado Hilario, quien el otro día -genial en sí mismo- advirtió que si se dictaba una sentencia contraria a celebrar el Carnaval en la calle, la acataría pero de forma inmediata se vestiría de máscara y se echaría al tumulto. Una edificante conducta, indudablemente, sobre todo en alguien que, como responsable del tráfico, posee el supuesto deber de dar ejemplo en cumplir las normas. En cualquier caso, y a eso voy, un par de semanas al año oyendo gritar a un tumulto de beodos debajo de la ventana tampoco es para tanto. Todo sea, insisto, por el pan y circo. Lo peor es cuando el ruido se institucionaliza. El Valle de la Orotava, debido a la trivial circunstancia de que la naturaleza lo hizo así, es una perfecta caja de resonancia. Un volador lanzado al aire en cualquiera de sus puntos se oye en todas partes. Basta que esté de fiesta un barrio de la Villa, Puerto de la Cruz o Los Realejos, para que los habitantes de los tres municipios participen sonoramente del sarao; de buen grado o a la fuerza. Razón de más para que haya voladores casi todos los fines de semana del año, porque hay muchos barrios en la comarca y porque a Isaac Valencia le gusta más una fiesta que a un bobo una tiza; o que a Marcos Brito un tránsfuga, especialmente si procede del PP. Cosas de la política. El lunes pasado, cuando Adán Martín hablaba en su discurso de la canariedad sobre mapas de ruido para ciudades con muchos habitantes y vías muy transitadas, tuve la tentación de sugerirle que se ahorre trabajo y erario. Tenerife tiende a ser -y de hecho en buena medida ya lo es- una ciudad única; una urbe de forma anular, con un gran parque central formado por el Teide y la corona forestal. En este sentido, su mapa de ruido es simplemente el mapa de la Isla; algo que se puede comprar en muchas tiendas por un par de euros. rpeyt yahoo.es
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