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Vigo, 31/01/07

Un cura de un barrio de Vigo pide ayuda policial contra el botellón

Una pandilla colgó un gallo disecado en la puerta de la casa rectoral
Los feligreses culpan a los jóvenes de acosar al sacerdote porque no les permite estar allí
E. V. Pita

El nuevo cura de Candeán, Fernando Lago, lleva dos meses enfrentado a una pandilla que hace botellón en el atrio de la iglesia y el porche de la casa rectoral, deshabitada durante 32 años. La vivienda eclesiástica es el territorio en disputa: el sacerdote planea irse a vivir al punto de reunión donde charlan y beben cerveza veinte estudiantes y trabajadores.

La junta rectoral, compuesta por los feligreses, pidió ayuda al comisario jefe de Vigo, Manuel Mariño. «Dixo que el non podía educalos, pero mandou patrullas para ver se atopaban algo de trapicheo», dice un feligrés. En las últimas semanas, pasaron ocho patrullas policiales que identificaron al grupo. «No encontraron nada», dice un joven apodado el Negro.

Todo empezó en septiembre, con la llegada de un nuevo religioso. Don Fernando, de 59 años, se molestó con el ruido, las botellas y los restos de comida. Pero los jóvenes, vecinos de siempre, se negaron a marcharse del atrio, que consideran un lugar público. Alegan que don Alfredo, el párroco anterior, hacía la vista gorda porque no vivía allí. «El nuevo cura no comprende a la juventud. No molestamos a nadie y, cuando llueve, no tenemos otro sitio porque tiraron el palco de la asociación vecinal», se justifica el Negro.

En los últimos meses, el cura ha abroncado a la pandilla, se han intercambiado insultos e incluso ha habido un amago de pelea. Para reducir la tensión, ahora prefieren ignorar al forastero y dejarlo en paz. «No nos moverán de aquí; estábamos mejor con don Alfredo porque nos conocía desde críos», se queja el portavoz, acompañado de Tizokc, el Kabra y Kartum.

El sacerdote incluso se quejó de la desaparición de botellas de vino del sótano de la rectoral, acción que niegan los pandilleros. «No bebemos vino», alegan. Por si acaso, el cura ha enrejado su futura vivienda.

Lo que ha asustado al vecindario ha sido un gallo muerto colgado en la puerta de la casa rectoral. «Están acosando al cura», denuncia una vecina. Los pandilleros se defienden: «Era un gallo disecado. Fue una chiquillada». Otra vez apareció una moto robada dentro del cementerio. Los pandilleros alegan que la escondieron allí para gastarle una broma al dueño, amigo suyo.

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