Madrid, 8/8/07 El ruido
José Luis ManzanaresNada mejor que el ruido, veraniego o no, para calibrar los resultados de tanta legislación sobre cualquier cosa. El papel lo aguanta todo, los políticos justifican el sueldo, la propaganda oficial se completa con entrevistas, las encuestas proliferan, los medios de comunicación venden y el ciudadano se entretiene un poco hasta que llega la siguiente ocurrencia de quienes —desde Madrid, Bruselas, la Comunidad Autónoma o el Ayuntamiento— velan por nuestros intereses. Un día será la prohibición del botellón, otro la cruzada antitabaco, otro la lucha contra la obesidad, y así sucesivamente. Por lo general el resultado recuerda al parto de los montes. La piedra de toque para esa verdad —la lidita que dirían los entendidos— es, sin embargo, lo que ocurre con el ruido. Para rebajar su nivel en las vías públicas sólo hace falta aplicar la abundante normativa sobre la materia desde el Código penal hasta las ordenanzas municipales. Ya con apartar de la circulación a las motos de escape libre o manipulado habríamos dado un paso de gigante en la buena dirección. Y unos cuantos pasos más si evitásemos que los “quads” convirtieran nuestras calles en una pedorreta infernal. Bastaría con la intervención inmediata de los agentes de movilidad urbana. O mejor, con que dieran las órdenes oportunas quienes para eso cobran. Y disculpe el lector la manera de señalar. La cuchufleta llega al extremo —y ahora no me refiero a la capital del Reino— de que algunos ayuntamientos compran sofisticados aparatos para medir la intensidad del ruido como si quisieran extremar el cumplimiento de su deber. La realidad es que los artilugios suelen envejecer en alguna dependencia municipal. Lo que falta es voluntad para enfrentarse con los gamberros y los papás de los gamberros. Los ciudadanos más exigentes nos conformaríamos con que sólo se superara en un trescientos por cien el límite de ruido permitido. Nos da lo mismo un decibelio de más o de menos. Un día —como si de un engañatontos se tratara— nos enteramos de que se ha dictado una sentencia condenatoria tras varios años de procedimiento contra uno de los innumerables individuos que nos roban la tranquilidad y el sueño como señores de horca y cuchillo. La verdad es que seremos muy europeos pero, en este aspecto, nos quedamos en europeos de tercera. Nadie puede imaginarse algo similar en Luxemburgo, Ginebra o Cannes. Pero España y yo somos así señora, como dijo Campoamor a la dama francesa con quien coincidió en el tren exprés. Se explica que sea noticia lo decidido en Lepe para que sus vecinos y turistas puedan al menos dormir la siesta. Parece un chiste pero no lo es: se castigará a quienes se excedan con el ruido durante un par de horas. Lepe es un pueblo sensato que ha partido de cero para su particular combate contra el ruido. Enhorabuena y suerte. Y que cunda el ejemplo.
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