Tokio, 05/08/07 El ruido y la nadaPOR RICARDO MENÉNDEZLo primero que llama la atención al visitante que llega a Tokio es el ruido, pero no su presencia, sino su domesticación.El ruido en Madrid, Roma o Lisboa es hace tiempo un animal salvaje; en la ciudad más poblada del mundo, con 33 millones de habitantes si se incluye su extrarradio, se respira una paz más propia de una morigerada ciudad de la Vieja Europa, Oslo o Salzburgo, por ejemplo, que de la mayor megalópolis conocida. Los tokiotas hablan en voz baja, sus conductores circulan con insólita prudencia y los miles de trabajadores que se mueven por las estaciones de tren y metro lo hacen con urgencia de atletas, cierto, pero en silencio como ectoplasmas. El corazón de la infinita urbe palpita sin pausa, aunque sin estrépito, e incluso muchas obras públicas se ejecutan de noche, provocando un ruido de fondo parecido al que generaría un fantástico electrodoméstico. Como los fumadores que se detienen en los puntos de reunión para apurar ensimismadamente su dosis, así Tokio permanece atenta al recogimiento que cada uno de sus vecinos demanda. Esa es la razón de que, paseando por Ginza, el barrio donde se reúnen las primeras marcas del mundo de la moda, la tecnología y el lujo, una especie de Callao elevado a la milésima potencia, nos asalte la sensación de que, entre lo que se ve y lo que se oye, no existe correspondencia plausible. Es como llevar escafandra en una boda. El imperio de los signosEsta escuela del silencio, esta vocación de una actividad no destinada al ruido, sino a la eficacia, revela acaso una verdad más profunda, que Roland Barthes detalló en «El imperio de los signos». El centro de nuestras ciudades europeas siempre está lleno, es un abigarrado «ónfalos» que aglutina el conjunto de nuestros valores: religiosidad (lugares de culto), poder (oficinas), dinero (bancos), mercancía (grandes almacenes) y palabra (ágoras del café y el paseo). Acudir al centro es tropezar con la encarnación de cierta verdad social modificada a lo largo del tiempo y de las circunstancias históricas, ser partícipe de lo que el escritor francés denominó «la plenitud soberbia de la realidad». Calles sin nombrePero Tokio, cuyas calles carecen de nombre y cuyos 23 distritos son otros tantos fascinantes ecosistemas, presenta una curiosa contradicción, al menos para el pensamiento occidental: todo su avasallador poder económico, toda la brutal objetividad de sus logros, todo «el anillo opaco de murallas, aguas y copas de árboles», esa asombrosa estructura vertical de férreas jerarquías y colectivismo anímico, gira en torno a un centro espiritual y, en ese sentido, vacío. Ese «ónfalos» vacío, ese vórtice de mäelstrom que los taxis evitan como si fuera una gigantesca mancha de aceite, esa nada que purifica, sustenta y presta sentido a la abigarrada vida material del país, es el Palacio Imperial, en el que habita la destilación última del sueño japonés: el emperador y su familia, los casi invisibles.
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