Sevilla, 15/03/06 La toalla por los suelosJosé AguilarDECÍAMOS ayer, sin pretender para nada la petulancia de compararnos con el clásico, que muchos padres prefieren la comodidad de actuar como colegas de sus hijos a la responsabilidad de comportarse como auténticos padres. Prolongan, así, artificialmente la edad infantil/egoísta de las criaturas y, cuando quieren darse cuenta de los efectos indeseables de su inhibición, ya es demasiado tarde. Entonces, con los niños ya adolescentes e ingobernables, pronuncian la frase emblemática de la resignación: "Yo ya he tirado la toalla". Lo han dejado por imposible. La toalla, una vez en el suelo, es pisoteada y acoge toda la suciedad ambiental. Como en un reflejo del microcosmos familiar, también en el ámbito social da la impresión de que hemos arrojado la toalla. Ya no es tiempo de prohibir el botellón, de modo que nos conformamos con intentar ponerle paliativos, suavizar sus consecuencias, adaptarnos al mal menor. Si hay botellón, pues nada, reorganizamos el tráfico y preparamos las brigadas de limpieza para que todo vaya como la seda. En Sevilla, los responsables del parque tecnológico Cartuja 93 han pedido a sus once mil empleados que adelanten su salida del trabajo el día del torneo nacional de macrobotellones para eludir el colapso de tráfico en las entradas y salidas del recinto. En Granada, tres facultades universitarias han decidido cerrar sus aulas el día de marras, pasado mañana, al objeto de que los alegres muchachos no terminen concentrándose en sus jardines. Significa que los estudiantes que esa mañana quieran recibir clases –una minoría, probablemente– verán cercenado su derecho por la presión de la mayoría botellonera. En fin, el campus no sufrirá el deterioro habitual en estos casos. Del mal, el menos. Pero el lanzamiento dócil de la toalla, con lo que supone de rendición, es una tónica general. No afecta sólo al conflicto del botellón (dicho sea con permiso de Luis Pizarro, baranda socialista andaluz, que opina que es un fenómeno, no un problema: vamos progresando adecuadamente, porque ya no dice que es una cultura, sólo un fenómeno). Nos hemos rendido, sin duda, cuando hay universidades cuyos gobernantes computan a efectos académicos el hecho de que los alumnos vayan al teatro o lean un libro, o cuando una ministra regala zapatillas a los jóvenes que hagan el ímprobo esfuerzo de entrar en la página web en la que se les informa de las ayudas que pueden recibir para comprar o alquilar una vivienda. Premios por asistir a actividades culturales y subvenciones por interesarse por subvenciones. ¿No es maravilloso? ¡Qué grande es ser joven! Y, sobre todo, ¡qué estúpido el trato que los adultos damos a los jóvenes! La adicción al fenómeno –sigamos a Pizarro– del botellón se cura con el tiempo, como tantos otros sarampiones juveniles. La estupidez de los adultos, por el contrario, tiene poca cura. El tiempo, si acaso, sólo la empeora. Lo estamos viendo día a día.
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