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04/07/06

«El mundo debe poner fin a esta forma de terrorismo psicológico»

Las explosiones sónicas provocadas por la aviación israelí causan abortos, pánico y desórdenes de comportamiento en los niños
MONICA G. PRIETO

Desde que comenzó el ataque hace una semana, Yasmin, Husam y Wusam, de siete, cinco y tres años, desafían el sofocante calor para arrimarse a su padre a la hora de dormir. «Papá, escóndeme bajo las mantas», susurra Husam. «¿Por qué?», pregunta su padre. «Ahí no escucho las bombas. Me dan miedo». replica el niño. «No te preocupes, no nos bombardean. Son sonidos para asustarnos», dice el padre. «¿Y por qué querría alguien asustar a una familia?», le espeta el crío.

El psicólogo Maruán Diab busca una respuesta a la pregunta de su hijo. A Husam, como a sus hermanos, le aterra la herramienta de guerra psicológica que emplea el Ejército israelí en Gaza a modo de castigo colectivo -prohibido por el artículo 33 de la IV Convención de Ginebra- desde la captura de su soldado. Se trata de explosiones sónicas provocadas por los F-16 cuando rompen la barrera del sonido a baja cota. El resultado es aterrador: los edificios tiemblan y los cristales amenazan con romperse. En las personas se produce una conmoción acompañada de taquicardia y temblores.

Esta práctica provoca desórdenes psicológicos en adultos y desencadena abortos espontáneos, partos prematuros y dolencias cardiacas, según fuentes médicas. Tienen lugar por el día, pero sobre todo durante la noche, cuando sobresaltan el sueño de los palestinos, en ocasiones, cada hora. Cuando la población consigue conciliar el sueño, otro de estos estruendos rompe el silencio cortando la respiración.

Los efectos más llamativos se producen entre los niños, ya que son «incapaces de diferenciar entre una explosión sónica y una bomba real», explica el psiquiatra Ahmed abu Tawahina, vicedirector de la ONG Programa para la Salud Mental de la Comunidad de Gaza (PSMCG). Su colega Sami Oweida, responsable de la clínica de Gaza, detalla sus efectos. «El ruido atronador genera una repentina secreción de adrenalina dañando los órganos. Como los niños están en pleno desarrollo psicológico y orgánico, ellos son los grandes perjudicados».

Las consecuencias son numerosas: ansiedad, pánico, terror nocturno, problemas de concentración, agresividad, vulnerabilidad, comportamiento regresivo, insomnio, enuresis... Esta incontinencia de orina, según Oweida, afecta a niños y jóvenes de entre seis y 15 años.

«La filosofía bélica de los vuelos ultrasónicos no sólo afecta a los pequeños: para los adultos se trata de un drama incontrolable, inevitable e impredecible. Estas tres condiciones son suficientes para debilitar a la población y provocar un trauma global», añade el vicedirector del PSMCG. Y eso, a su vez, repercute en los críos «porque necesitan sentirse seguros y sus padres son el símbolo de la seguridad. Los niños pierden la confianza en sus padres porque no pueden protegerles», interviene Oweida.

El doctor recuerda cómo hace pocos días una mujer llegó a su consulta con su hijo Mohamed, de seis años. El niño le había preguntado si sus abuelos podían escuchar las explosiones desde sus tumbas, y tras la respuesta negativa de su madre le dijo: «Mami, yo también quiero morir y así no tendré que oír esos sonidos que me dan tanto miedo». «El Gobierno israelí ha perdido cualquier principio moral y está experimentando con los palestinos. Pido al mundo que ponga fin a esta forma de terrorismo psicológico. Nuestros niños tienen derecho a ser felices», denuncia Oweida.

Además del pánico, los hospitales comienzan a tratar con las consecuencias de esta práctica. «Hay entre un 20% y un 30% de incremento de los abortos espontáneos», explica Adnan Radi, jefe de Obstetricia del Hospital Shifa. «Ayer hubo 10. El viernes se registraron nueve partos prematuros poco después de uno de esos vuelos».

Impotencia

Tres mujeres comparten habitación en Shifa. Son Dalia Abdel Al, de 30 años, Amal Habib, de 19, y Amal Mubarak, de 23. Las dos primeras estaban embarazadas de 30 semanas cuando, hace unos días, perdieron a sus bebés, a causa del estrés provocado por un vuelo ultrasónico, según su testimonio. La tercera confía en que su crío se salve. «Cuando sobrevolaron mi barrio, tuve dolores de parto. Sospeché que mi niña podía haber muerto», explica Amal Habib. «No pude hacer nada para evitar que Israel la matara».

«Hay más ingresos por trauma psicológico, hipertensión y dolencias cardiacas», explica Jumaa Saqqa, portavoz del hospital. Lo mismo ocurrió entre septiembre y noviembre, cuando Israel castigó al millón y medio de habitantes de Gaza por el lanzamiento de cohetes con esta guerra psicológica. Antes de esa fecha, cuando los colonos ocupaban Gaza, nunca habían sido usados.

En 2001, un alto mando de la Fuerza Aérea prohibió que sus aviones atravesaran la barrera del sonido sobre Israel dada «la tensión que este fenómeno genera entre sus residentes». Pero eso no vale para los palestinos.

La ONG israelí Doctores por los Derechos Humanos y el PSMCG han presentado demandas legales al Tribunal Supremo israelí, la última ayer, exigiendo el fin de una práctica contraria a la legislación internacional y hebrea. «Estos vuelos castigan colectivamente a la población civil y son ilegales», denuncian.

Los expertos en salud mental auguran consecuencias negativas para Israel a medio plazo. «Si maltratas a un niño, éste abusará de alguien. Eso está pasando con una generación de palestinos», apunta Tawahina. «No se puede esperar un comportamiento normal de una generación sometida a la humillación y al sufrimiento. Querrán vengarse. Es parte de la naturaleza humana», añade Diab.

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