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Granada, 28/02/06

Daños 'rocklaterales'

Los conciertos y las largas giras provocan graves daños a la salud auditiva de los músicos y los técnicos de sonido que trabajan en el mundo del rock
ADRIÁN ARGENTE

SER rockero perjudica seriamente la salud'. Ahora que esta clase de advertencias es tan popular, no sería extraño encontrar esta frase en las guitarras eléctricas o en las baterías de cualquier músico aficionado al rock and roll. Las palabras de Pete Townshend, guitarrista del grupo 'The Who', confesando el pasado mes de diciembre el deterioro progresivo de su salud auditiva ha puesto de actualidad las consecuencias que sufren no sólo los artistas, sino también sus técnicos de sonido y, en menor medida, el público que asiste a los conciertos.

Granada es una ciudad 'rockera' por tradición, una cuna de importantes grupos musicales como los desaparecidos '091' o 'Los Planetas'. Por tanto, no es una ciudad ajena a este fenómeno. Antonio Arias, miembro de la banda Lagartija Nick, confiesa que son muchas las repercusiones negativas que tienen sus giras en la salud de los músicos. «Cuando te acuestas tras una actuación no dejas de escuchar un pitido constante que con el tiempo hace que disminuya tu capacidad auditiva. Incluso hay gente que apenas oye y afina directamente con los huesos, mordiendo la guitarra», comenta. Para él, este sacrificio merece la pena porque con ello está haciendo lo que más le gusta, como demuestran los 24 años que avalan su carrera profesional desde que comenzó a tocar cuando tan sólo contaba 16.

En condiciones normales, el oído puede ser dañado desde el momento en que se exponga a un ruido superior a los 50 decibelios, como asegura Julio Olóriz, director del Instituto Otorrinolaringológico de Granada. Sin embargo, en un concierto pueden llegar a alcanzarse los 130 decibelios, límite que marca la franja del 'umbral del dolor'. A partir de los 140, los daños son irreversibles.

El doctor explica que este tipo de exposiciones en los conciertos y en los ensayos agreden de manera brutal a las células del oído interno y provocan un traumatismo muy específico de las mismas que las lesiona y que en muchos casos las destruye.

Estas consecuencias no son exclusivas de los conciertos de música rock. Manuel Requena, técnico de sonido, confirma que lo que importa no es el estilo de las bandas, sino los equipos de sonido que empleen. Sin embargo, el rock es un género con una mayor predisposición al exceso. Arias asegura que el volumen natural de un grupo de este estilo ya es de por sí demasiado fuerte, por lo que cuando se suma la electrificación los daños son mayores que en otro tipo de música como la clásica, en cuyos conciertos la acústica tiene una dirección más adecuada.

Gustos populares

Los tres coinciden en un aspecto: podría reducirse el volumen de los conciertos, pero a la gente no le gustaría la idea. Requena relata una anécdota personal. «En los conciertos de rock probablemente hay más sonido del necesario, pero la gente se ha acostumbrado a eso. En un concierto de 'The Prodigy' en el que trabajé el ruido era infernal y la gente seguía quejándose por el bajo volumen. Querían un sonido aún más potente». Arias se muestra de acuerdo: «La gente no soporta que haya poco volumen, enseguida se quejan. No es lo mismo estar sentado en un teatro, en el que puedes bajar el volumen porque nadie habla, que actuar mientras la gente grita, salta y quiere escuchar las canciones incluso cuando están en los servicios», señala en tono jocoso. «Los problemas se agravan mucho más -advierte el doctor Olóriz- cuando se mezclan los sonidos altos y las drogas, porque al trauma acústico del sonido se le añade la ototoxicidad de la droga».

Más potencia al aire libre

Otro factor relevante es el tipo de recinto en el que se realiza un concierto. En este sentido, el líder de Lagartija Nick, asegura que las bandas se ven abocadas a que las salas sean buenas y gocen de unas instalaciones óptimas. Olóriz señala que ésta es una de las razones que provocan que los conciertos rockeros sean más nocivos que otros, sobre todo cuando se actúa al aire libre y la falta de acústica se suple con la potencia, lo que agrava los daños producidos en el oído. El técnico de sonido, sin embargo, discrepa en este punto: «En un local cerrado se utilizan los equipos a media potencia porque el mismo reflejo de la sala hace que se duplique la intensidad. Por esto mismo, las salas cerradas son más dañinas, ya que los sonidos reflejados son más numerosos que en espacios abiertos».

Medidas de prevención

Aunque en cierto modo la pérdida de audición es algo inherente a la figura del músico o del técnico de sonido, hay sistemas para disminuir el daño causado, como cascos protectores y tapones de filtro. Otra cosa es que se les suela dar uso. «Se pueden usar tapones, es cierto, pero cuando estás en directo se mezclan muchos sonidos diferentes y necesitas unas referencias que con ellos se pierden», justifica Antonio Arias, que sin embargo sí procura cuidarse durante los ensayos.

«Pero incluso así, tras los primeros quince o veinte minutos en los que escuchas todo muy bien, todo suena como si estuvieras debajo del agua -asegura el músico-, por lo que suele haber una subida general del volumen y nunca coincide el sonido con el que has probado los instrumentos en el ensayo con el que se acaba después del concierto».

Otra forma de recuperar la normalidad es alternar estruendosas giras con períodos de conciertos acústicos (en el caso de los artistas) o trabajos en estudios de sonido (en el de los técnicos de sonido). Estas etapas sirven para recuperar la afinación perdida y dar descanso a los oídos. Esto explica el cambio de algunos grupos que con el paso del tiempo han suavizado su estilo, aunque a veces sus seguidores no se lo permiten.

Más peligro en la 'disco'

En cuanto al público, pueden darse casos de personas perjudicadas por estos motivos, pero el doctor Olóriz asegura que es menos factible que haya lesiones entre los asistentes. «La gente corre más peligro en las discotecas cualquier sábado por la noche que en un concierto de rock, porque las reverberaciones de los sonidos en este tipo de locales son insufribles».

La vida del artista, rodeada a menudo de fantásticos mitos que la muestran como una colección de privilegios, tiene por tanto su propio talón de Aquiles. Un punto débil, entre otros muchos, que arrastra estos determinados daños colaterales. O, mejor dicho, 'rocklaterales'.

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