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Santa Cruz de Tenerife, 28/01/06

Carnaval: sí, pero no

DURANTE DIEZ AÑOS, poco más o menos, me ocupé de la información carnavalera. Al principio en este periódico y luego en otro. Mes y medio de trabajo intenso pero divertido. Se disfrutaba más en la etapa previa, visitando cada noche los locales durante los ensayos, que cuando al fin la fiesta invadía la calle y llegaba la esperada apoteosis. Por supuesto, concluido el trabajo en la redacción, quedaba tiempo suficiente para "bajar" a la Plaza de España y alrededores. Incluso disfrazado. Nunca me reí tanto como una noche en que me vestí de diva, con peluca rubia y tacones de aguja, y estuve un buen rato tomándole el pelo a Álvaro Castañeda sin que me reconociera, a pesar de que iba con la cara descubierta.

Cualquiera tiene en su memoria decenas de anécdotas parecidas. El Carnaval lo hemos vivido todos -o casi todos-, y todos hemos disfrutado de él. Sin embargo, la fiesta ha cambiado. Y no lo digo para validar el lamento de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Las agrupaciones carnavaleras de hoy son tan buenas como las de antes, si no mejores. Los actos y espectáculos actuales no desmerecen a los de hace una década; al contrario. Pero el Carnaval de la calle…

He visto estos días algunos titulares que no corresponden al contenido de las noticias que encabezan. "Vecinos de Santa Cruz solicitan en los Juzgados la suspensión del Carnaval", leía el miércoles en un periódico tinerfeño. En realidad, ya en el primer párrafo de la noticia se especificaba que lo realmente reclamado era la suspensión cautelar de los actos en algunas calles. A medida que pasan los días, los vecinos afectados han aclarado que su única intención es poder dormir, al menos unas horas cada noche, durante dos semanas para ellos fatídicas. Sea como sea, la polémica está encendida.

No sé si quienes han puesto el grito en el cielo ante lo que reclaman bastantes residentes en el centro de Santa Cruz, esta vez por la vía judicial, pensarían lo mismo si tuvieran que soportar 200 decibelios debajo de su ventana. O si durante varios días seguidos tuvieran que salir de sus casas entre charcos de vómitos y pestilencias amoniacales. O si sus hijas, mujeres o novias tuvieran que acudir al trabajo, durante varias mañanas seguidas, embozadas en gabardinas o abrigos, casi con shador o burka, para que no las manoseen una pandilla de borrachos hediondos, que utilizan la tolerancia inherente a la fiesta para aflorar impunemente sus instintos más despreciables. El problema del Carnaval en la calle no se limita a un asunto sonoro.

Decía Carrascal, cuando lo dejaban presentar sus singulares telediarios de medianoche, que uno debe regularse a sí mismo porque de lo contrario, antes o después, vendrá alguien a meterlo en vereda por decreto. Pasa con todo: con el consumo de tabaco, el derecho a informar o los límites que uno no debe sobrepasar en una fiesta, por muy alocada que sea.

El caso del Carnaval, empero, se presta a la demagogia. Soy incapaz de augurar en qué acabará el proceso legal iniciado por los vecinos. Estoy bastante seguro, en cambio, de que no encontrarán demasiado apoyo institucional. Los políticos no quieren saber nada de medidas impopulares. Y los barrios de Santa Cruz, mírese como se mire, pesan más en unas elecciones que todos los vecinos del centro.

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