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23/12/06
TRIBUNA ABIERTA

El ruido de la raza

por Julio Almeida, Profesor de Sociología de la UCO

NUESTROS estudiantes de Educación Musical, esa especialidad ahora sacrificada en aras de una generalidad que no tiene que ser mala, se quedan estupefactos cuando salen al extranjero y comprueban que muchos tocan el violín o el piano como aquí nos bebemos un vaso de vino. Que los otros europeos nos consideren dotados para la música, no deja de tener su gracia. Poca gracia, desde luego, porque ¿qué sentido tiene: a) cierta música; b) tan alta; c) en casi todas partes, como fondo de todo?

Expulsada o despreciada la educación musical desde la más tierna escolaridad, el ruido se ha apoderado de la vida española, como puede comprobarse todos los días del año. Colegios hay en los que obligan a los niños -y de paso a vecinos y transeúntes- a oír música estentórea. No parece muy educativo. Sociedad y escuela de consuno: principio fundamental de sociología de la educación. Luego, como la autoridad permite que la gente vaya por ahí anunciando cosas con altavoces que ruedan con lentitud y alevosía, y como nada impide que los coches lleven música a todo volumen, el derecho al silencio parece una palabra y noventa decibelios terminan pareciendo más normales que cuarenta. Ya han hablado algunos de «cultura del ruido», razón de más para avalar esa capitalidad que queremos para 2016. Por Navidad, el ruido es también visual: luces que duran semanas, relumbrón oficial que pagamos todos, modesta contribución del Ayuntamiento para que el planeta se contamine un poco más.

Mientras Música y Plástica, antiguos trabajos manuales, parece que se recortan en la escuela que viene, acaso por lo mismo, al subirnos al autobús o al taxi nos exponemos a entrar en una discoteca: ruido inopinado que parece haberse hecho consustancial con la vida española. Al pasar por la moderna tienda de zapatos, una música intempestiva rompe los oídos a muchos metros a la redonda, música que algunos interpretan como signo alegre posmoderno; al lado, un bar da la matraca el día entero... Pero hay que tener cuidado, porque lo políticamente correcto consiste en opinar, sí, pero opinar lo mismo que se dice ahora. Ojo al grupito.

El lector recordará el poema que Antonio Machado dedicó a la España de charanga y pandereta. Era en 1913. El poeta llevaba unos meses en Baeza, cuyo instituto había pedido para huir de Soria, para olvidar la muerte de su joven esposa. Pero hay gentes en la provincia de Jaén -con tantos analfabetos por entonces- que no le gustan. Y escribe ese poema, que termina con optimismo: «Mas otra España nace, / la España del cincel y de la maza, / con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza.» Ya no hablamos de raza, concepto muy debilitado, del que los propios biólogos desconfían; pero cuando nos referimos a la humana, la raza es «biología historizada», como define Julián Marías en Tercera de ABC el 28.2.2002. Pues bien, si todo sigue como va, los españoles -ya tan europeos en estatura y en renta per cápita- vamos a distinguirnos, entre otras cosas, por nuestra afición al ruido.

Obsérvese la liturgia cotidiana. Como un acto reflejo, al abrir la tienda, la hermosa verdulera enciende la música antes de atendernos; el señor del bar pone la tele; en algunos locales podemos elegir entre dos o tres ruidos: todos puestos a traición. ¡Y a gritar! Porque lo normal, la opinión dominante que obliga a hablar sin entenderse, es el rugido de fondo; sin ese rugido mucha gente calla y desconfía. La premisa falaz del joven taxista que me pone la discoteca en el cogote por la mañana temprano, es esa. Al pedirle que la quite o la baje, obedece y espeta cordialmente: «¿Le duele la cabeza?» Y le retruco: "Con la música, sí. Sin la música no me duele nada." En nuestros campos de fútbol se ha hecho famoso un tipo que bate un tambor; lo vemos y lo oímos por televisión, si no le quitamos la voz, y en otros países lo han bautizado: el Manolo. ¿Tienen derecho a su tamborrada esos Manolos? Tal vez. Pero su libertad no nos obliga a los demás a quedarnos sordos como ellos. Se podrían construir unas a modo de urnas de cristal donde entraran quienes aman ese ruido africano; pero esos asientos de preferencia auditiva costarían algo más para cubrir los gastos de la urna, ¿no?

La pregunta es: ¿cómo, jóvenes o viejos, los taxistas de otras latitudes saben que un viajero, que una persona cualquiera, tiene cosas que le bullen en su cabeza; tiene soledad sonora; tiene quizá hasta gana de hablar con él? No les faltará trabajo a los otorrinolaringólogos. Mientras en algunos bares desaparece el humo del tabaco, la musiquita obliga a gritar y la ilación se hace pero que muy difícil. Días pasados, en un sobre grande (visualmente ruidoso) que no cabe en el buzón, cierta organización nos invitaba a revisar nuestro oído.

En fin, si la lectura silenciosa puede desaparecer después de siglos, como teme Harold Bloom, he aquí que la empresa municipal de autobuses urbanos quiere impulsar la lectura repartiendo relatos entre sus usuarios. No será silenciosa como la de san Ambrosio, contada por san Agustín en las Confesiones al final del siglo IV; pedir un libro sólo costará un grito, pero nadie negará la buena intención. Añadamos la circunstancia -atenuante o agravante, según se mire- de que el trayecto se alargará por las paradas infinitas de nuestras líneas, y puede que la lectura florezca con los atascos.

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