Antromero, 16/12/06 Una carretera de insomnioVecinos de Antromero denuncian molestias por las obras nocturnas para construir la vía Luanco-CandásNadia HEVIAUna hora de sueño se ha convertido en algo casi imposible para los vecinos del núcleo de La Grande, en Antromero. Tanto que la paciencia de los lugareños ante las obras de construcción de la variante Luanco-Candás ha llegado a su límite. En las últimas semanas se han incrementando los turnos de trabajo -hay hasta tres- con lo que el tránsito de camiones es continuo. No hay así diferencia entre el noche y el día en cuanto a ruidos se refiere. Bibiana Prendes y José Cobas son dos de los vecinos afectados. Su casa se encuentra «pegada» a la nueva carretera. «No hay quien pegue ojo. Entiendo que es una obra que va a beneficiar a todo el mundo, pero nosotros también trabajamos y necesitamos descansar», señaló ayer Cobas, mientras su pareja, cuando habla, dice que escucha el continuo zumbar de los motores de las máquinas. Cansados ya de poner denuncias ante la Guardia Civil y de ponerse en contacto con el Gobierno regional, han querido denunciar públicamente la situación en la que se encuentran desde el inicio de las obras, cuya finalización está prevista para el primer trimestre de 2007. Al margen de las horas de insomnio y un sinfín de inconvenientes, lo que más les ha dolido ha sido la «postura antidemocrática» de los responsables de la obra. «Nos contestaron que el trabajo estaba organizado en tres turnos de ocho horas», explicó Cobas. A la pregunta acerca del derecho al descanso, la respuesta fue «¡Ah, no sé!». Sus nervios están al límite. Desde que comenzó la construcción del nuevo vial, han sido muchos los perjuicios que han tenido que sufrir. Tanto ellos como los vecinos de las dos casas colindantes, que los apoyan en sus denuncias y protestas. «Es raro el día que no pinchamos con el coche», aseguró Prendes, quien ya no sabe ni de qué color es su vehículo por la suciedad que lo cubre. La vida cotidiana de la pareja se ve afectada por continuos cortes de agua y el color, turbio, de la misma. La carretera es, para ellos, una pocilga. «Desde que vino Areces, no volvieron a baldearla», dice el hombre.
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