CASTIGO SIN FRONTERAS. LOS PROBLEMAS DE BARCELONABarcelona, 03/09/05El incivismo causa estragos en la plaza Boston de Sant GervasiEl editor Vallcorba reivindica el derecho a leer y escuchar música con tranquilidad en su casa y exige que la limpien de grafitisXAVIER MAS DE XAXÀS Barcelona tiene en la plaza Boston un privilegio al que no accede cualquier ciudad. Es un paréntesis de tranquilidad a pocos metros de Balmes-General Mitre, una de la cruces viarias más densas, estridentes y contaminadas del barrio de Sant Gervasi. El espacio, diseñado por la arquitecta Beth Galí, tiene todo lo que requiere un oasis urbano: una fuente de dos caños, arboleda frondosa, bancos románticos, fachadas señoriales y una calle peatonal que lleva hasta el parque que ocupa el turó de Monterols. La plaza Boston, sin embargo, no tiene suerte y malvive en manos de grupos de jóvenes que la han hecho suya y la han vandalizado. Son jóvenes de aspecto diverso. Los hay pijos y también, okupas. Se instalan de día y, sobre todo, de noche. Amedrentan a los vecinos con botellones, porros, motos, gritos, orines, broncas y pelotas. El arquitecto Eduard Bru, en nombre de los vecinos, hace meses que intenta llamar la atención de las autoridades municipales, pero no ha tenido éxito. Los esfuerzos de limpieza y vigilancia parecen centrados en Ciutat Vella. Una de las soluciones que propone Bru es recuperar las figuras del vigilante y del guarda de parques, suprimidos desde hace tiempo y que, de momento, no está previsto resucitar. La Guardia Urbana, que atiende las denuncias que presentan los vecinos, carece del apoyo legal necesario para sancionar de manera efectiva a los infractores, según han manifestado varios agentes. La plaza, que tuvo un pasado muy complicado en los años ochenta, con un bar como el Áncora, enganchado en el comercio de drogas duras, fue rescatada por Beth Galí, que la limpió y ordenó para que volviera a ser motor de la vida vecinal. Estiró un banco largo, con la fuente en un extremo y un saltamontes de cobre en lo alto de una veleta, sobre una columna, como el que corona el Faneuil Hall, uno de los edificios más emblemáticos de Boston. La fuente está rota y la base del monumento, decorada con grafitis. Las pintadas ocupan, de hecho, todo el espacio libre en las fachadas. Desde el suelo hasta los tres metros de altura. Después de pasar por varias manos, el Áncora se convirtió en el Charlotte, un restaurante de andar reposado promovido por Pepe Bosch. "Hicimos lo que pudimos y mientras estuvimos abiertos logramos mantener un poco el civismo". El local, sin embargo, cerró hace más de un año y su abandono ha acentuado la degradación y la consiguiente retracción de los vecinos. El editor Jaume Vallcorba reconoce que los jóvenes le producen inquietud e, incluso, miedo si llega tarde a casa y ha de abrirse paso entre ellos para alcanzar su portal. El ruido que causan las carreras de motos, las charlas a grito pelado y las patadas al balón le impiden, a él igual que a muchos otros vecinos, abrir las ventanas. "No puedo leer ni escuchar un cuarteto de cuerda con tranquilidad en mi propia casa", y a la reivindicación de este derecho añade la exigencia de que alguien limpie las pintadas que manchan su fachada. "Es increíble que no se actúe contra esta delincuencia. Es como si nos hubiéramos acostumbrado a todo, y no puede ser". Ayer por la mañana dos jóvenes, como los que provocan tanta intranquilidad y desasosiego se ventilaban una litrona en el pasaje que lleva al parque. Hablaban de lo dura que está la vida y de lo chungo que es estudiar. "Es que, tío, no te líes con los exámenes, que no vale la pena, que hay cantidad de abogados que sólo trabajan de barrenderos".
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