Granada, 22/03/05 Multitud que orinaFEDERICO VAZEL 18 de marzo, San Botellón, hice un experimento. Subí a un autobús de la línea 4 desde el Zaidín entre la muchedumbre adolescente que abandonaba el botellón oficial buscando invadir otras zonas de la ciudad. Ya en el interior del vehículo atestado, abrí un libro que llevaba conmigo y me enfrasqué en su lectura. Fue toda una provocación para el ebrio gentío. Logré concentrar todas las miradas, unas abiertamente hostiles, otras incrédulas, y suscitar mil cuchicheos hasta que una chica más lanzada intentó atraerme a la causa tendiéndome un infecto calimocho combinado con babas en botella de dos litros que rechacé cortésmente. Lamenté que la lectura que tanto les desconcertó no fuera la adecuada para la ocasión: el Paisaje de la multitud que orina de Poeta en Nueva York.No lean en esto un acto de petulancia intelectual –uno también se abandona al fácil hedonismo, oiga–, pero sí una reflexión: en el botellón no hay ni un asomo del fenómeno social y cultural que quieren ver en él políticos contagiados de la idiotez de una parte de la sociedad hasta el punto de organizarlo y fomentarlo desde las instituciones porque en algún sitio tendrán que estar las criaturas –comentario textual de un concejal del Ayuntamiento de Granada–. Nada de eso, en el botellón está lo peor de cada casa, y no porque sus adeptos se vayan a convertir en peligrosos elementos antisociales, que para eso se necesita cierta dosis de valor y rebeldía. No, en el botellón está lo más gris, lo más anodino, lo más conservador, lo más conformista, lo rancio, la ausencia de curiosidad, la masa amorfa y manipulable de siempre, la mayoría silenciosa por ruidosa que sea; aquellos que, como diría Cernuda, desprecian cuanto ignoran. Este fenómeno cultural es al que el alcalde de Granada y sus concejales han querido proporcionar un sitio donde orinar, vomitar y beber hasta caer al suelo, preferiblemente lejos de sus tradicionales graneros de votos, aunque ni eso consiguieron, cruzando el rubicón de la incompetencia –que el Ayuntamiento de Jesús Quero dejó bien alto en la Cruz de cinco días de 1995 en el Paseo de los Tristes–. Los leones de Ángel Cristo que algunos borrachos intentaron sacar de sus jaulas amenazan devorar a un gobierno local convertido en promotor e instigador no de una fiesta, no nos engañemos, sino de un acto de vandalismo en masa, de una incitación al consumo de alcohol entre menores, al incumplimiento sistemático de las ordenanzas municipales que sancionan orinarle los portales a la vecindad o abandonar inmundicias en la vía pública. Intentando evitar que muchos –que en general no les votan– les perciban como represores se colocan en el lado del gamberrismo en pos de una ética fracasada, la misma que hace a Izquierda Unida quejarse por el vallado de los Tristes porque criminaliza a los jóvenes, no se vayan a traumatizar los pobrecitos. Es ahora cuando echo de menos a Amparo Fernández y sus hooligans, no se les oye. ¿O será que hay botellón de izquierdas y de derechas?
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