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Zamora, 13/03/05
Escrito en el viento

Cadáveres de cristal

Jose Angel Barrueco
Una noche de hace seis años, en un botellón multitudinario de un barrio de Madrid al que me sumé junto a un grupo de amigos, vi a un hombre de barba y cabello gris, con aspecto de profeta o de loco, rondando por los círculos de bebedores. Uno de los que estaban conmigo dijo que se parecía a Abraracurcix, ese druida que abastece al galo Astérix de pociones mágicas y consejos sabios. Al hombre se le ajustaba en las facciones la contrariedad, no por el dispendio de alcohol en las gargantas, sino por el desparrame de botellas rotas, vasos de plástico, bolsas bailando por el aire y otras basuras que se apilaban aquí y allá. El viejo mantenía una expresión ceñuda y, al entrar donde se celebraba aquella orgía de juventud y noche, se dispuso a recoger los vidrios rotos, los envases de refresco y las bolsas, y las metió una a una en el contenedor del centro de la plaza. Le dolía, era obvio, aquel daño, aquella basura suelta y tirada por el suelo. Un chaval, envalentonado por el calimocho, le propinó una patada a una de las botellas, que rodó armando un jaleo. Era un desafío. El gesto significaba: "Mira qué macho soy". El druida ecologista no se arredró ante el desplegar de plumas del gallito: le echó agallas a la cosa y se enfrentó al descerebrado, regañándole por dispersar las basuras. Luego fue a por la botella y la introdujo en el contenedor. En medio de aquella juerga, de aquel escenario teatral, pensé que por fin había aparecido a mitad de obra alguien dotado de sentido común. Sus actos intentaban darnos a entender que se puede uno divertir sin por ello ensuciar, sin dejarlo todo como si hubiera pasado al galope un ejército de bobos con tendencia al Apocalipsis.

Tipos como ese hacen falta por aquí. Gente que ponga un poco de orden y enseñe a no confundir las cosas. Se pueden tomar unos tragos callejeros sin poner las calles perdidas de mierda. No me parece tan difícil ir guardando los envoltorios de patatas, los vasos de plástico y las botellas vacías en bolsas y luego acercarlas hasta el contenedor más próximo. El dominio de uno mismo, la verdadera sabiduría, está en la templanza, como nos enseñó el hispano de "Gladiator". Puede uno estar mamao y a la vez no dejar un rastro de suciedad por ahí. Digo todo esto no sólo por las fotografías que vimos el otro día del bosque de Valorio, muy surtidas de cascotes y desperdicios, sino porque caminé por la orilla del río, después de tanto tiempo sin hacerlo, y vi un verdadero festín de botellas y de vasos.

Pasaba por debajo del Puente de Piedra, envuelto en una luz crepuscular que iba convirtiendo la superficie de las aguas de espejo de plata en un tembloroso velo negro. Pensé que, tras tanto tiempo sin apenas merodear por allí, mis ojos merecían un sorbo de aquel paisaje de espuma, patos salvajes, árboles de ramas tendidas hacia el cielo como garras en súplica y riberas que habían sobrevivido a las heladas. En un recodo de la orilla, justo donde se remansaban los abrojos junto a las piedras, allá donde el agua hiede y circulan las ratas, observé los restos de botellones. Del río sobresalían los cuellos de las botellas, tristes en su abandono, como si fuesen hombres desnudos que apenas hacían pie, cadáveres de cristal. Vi cartones, vasos, envases, latas. Un vertedero de basura que dañaba a la vista, a los peces y al río, que no merece tal trato. Los animales tapan sus deposiciones. Ocultan su rastro y su mierda. No destruyen el río. ¿Por qué no el hombre? Supongo que se trata de gente que ha leído mal a Bukowski, o que creen que la vida siempre es "Historias del Kronen". La política municipal trata de encorsetar al río. Los descerebrados, de mancharlo.

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