Barcelona, 19/06/05 OCIO CONFLICTIVO EN LA CIUDAD // LA NOCHELas latas de la discordiaJORDI SUBIRANA
Desde que Gràcia, uno de los distritos barceloneses en los que más botellón había, combate con mano dura la venta ambulante de alcohol y el consumo en la calle, la Rambla del Raval es una de las zonas de la ciudad donde más jóvenes van a beber. Hace unos tres años que esto pasa, desde que el Raval está de moda, pero este año se ha disparado. La noche del viernes al sábado es floja. Apenas un centenar de personas toman la rambla. Están sentados en el suelo, en pequeños grupos, charlando animadamente, pero sin hacer mucho ruido. Otros días la algarabía es considerable, con guitarras, bongós y gritos, critican los vecinos. El ayuntamiento recuerda que consumir en la calle está prohibido, aunque la Guardia Urbana sólo interviene si vislumbra problemas o molestias. Cada dos por tres, las conversaciones son interrumpidas por paquistanís --más de 20-- que les ofrecen "cerveza, beer". Casi todos compran latas. Están frescas. Mano dura en Gràcia María R. y sus cuatro amigas no tienen más de 25 años. Las cinco son de Gràcia y cuando el año pasado el distrito empezó a ponerse "tonto" por beber en la calle decidieron bajar al Raval. La joven dice que si beben en la calle es por razones económicas. "Esta cerveza cuesta un euro. En Gràcia, en cambio, hay bares que cobran tres euros por una birra. Aquí --en referencia al Raval-- hay terrazas en las que valen dos euros. Son precios abusivos". "Hace calor y lo que apetece es estar al aire libre", añade Sònia M. A unos metros de las chicas están Pere y Joan. A sus 31 y 33 años, respectivamente, se definen como "habituales" de lo que se llama botellón . "No creo estemos haciendo nada malo por charlar y tomar una cerveza en la calle", comenta Pere. "Hay que respetar el descanso vecinal. A mí no me gusta tener al lado gente que monte follón y orine, pero no creo que se nos deba meter a todos en el mismo saco", agrega Joan. Aparte de los vecinos, los dueños de los bares son los que más se quejan de la cada vez mayor presencia del botellón en la rambla. Sherwin, un encargado del bar-restaurante La Fragua, corrobora que llevan así "tres años", especialmente los meses de calor. Es tal la cantidad que se vende que en el local dejan de ingresar cada día "entre 100 y 150 euros". Enfrente, en el bar El Raval, Jasvir destaca que el principal problema es que el local se ve obligado a bajar precios. "Si no, no podemos competir. Nosotros cobramos 1,25 euros por una lata de cerveza. Si pedimos más, los clientes se levantan y se sientan en el césped", asegura. Les parece una estupidez pagar más si a cinco metros alguien les ofrece lo mismo más barato. Hacia las tres de la madrugada del sábado, el paisaje que ofrece la rambla es bastante lamentable. El olor a orines inunda la zona y decenas de latas y botellas de xibeca están tiradas por el suelo. No hace ni una hora que los servicios municipales han limpiado la zona. "Para nosotros ahora empieza la peor época", se lamenta un empleado de la limpieza. "La gente es muy incívica. Muy pocos se molestan en tirar las latas en las papeleras. Fíjese, están vacías". Falta, no delito No muy lejos de allí, la Guardia Urbana sigue decomisando latas de cerveza, aunque los vendedores se van por donde vienen. Vender alcohol en la calle no es un delito, sino una falta. Al vendedor se le impone una sanción administrativa. Un comerciante explica que los paquistanís compran las cervezas en supermercados --a 0,30 euros la lata-- y las guardan en pisos. Un vendedor confiesa que puede vender 30 en una noche.
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