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Barcelona, 30/07/05

La hora de la litrona

Una noche de verano en una plaza Reial sucia y abarrotada de mochileros, 'punks', mendigos, 'botelloneros', vendedores de latas, bongoseros y vecinos insomnes

JORDI SUBIRANA

Perros duermen en la plaza
Buenas noches. Un joven punk y su perro duermen en el suelo rodeados de porquería, en la plaza de George Orwell, ayer de madrugada./ ÁLVARO MONGE
El toque de queda en la plaza Reial es a las tres de la madrugada. A esa hora, las brigadas de limpieza desalojan, a manguerazo limpio, las inmediaciones de la fuente de las Tres Gràcies tomada cada noche por centenares de jóvenes aficionados al botellón. Muchos de los habituales de la plaza son extranjeros que pasan sus vacaciones en Barcelona. De día, si se levantan, se acercan al Park Güell. De noche, toca litrona en la plaza Reial.

John S. es de Londres. Tiene 22 años y apura sus últimos días en la ciudad. El lunes, él y sus amigos mochileros seguirán su viaje iniciático por España y aterrizarán en el festival de música de Benicàssim. Pero eso será el lunes. Ahora toca emborracharse. Lo hacen, como otros jóvenes, sentados en el suelo, con garrafas de dudosa calidad que han comprado en un súper. "En Inglaterra no se puede beber en la calle. Está prohibidísimo. Te pueden arrestar", explica su amigo Samuel en un castellano retorcido sin dejar de mirar, con extraña curiosidad, la pasiva actitud de la Guardia Urbana.

Es casi la una de la madrugada de ayer. La juerga ha empezado una hora antes. La plaza está muy concurrida. Al menos 200 personas, en pequeños grupos, dan buena cuenta de litronas, extraños brebajes, botellas de sidra y, por supuesto, latas de cerveza.

Multas de 150 euros

Los vendedores ambulantes, muchos de ellos paquistanís, se han adueñado de la plaza. Hay decenas de ellos provistos de latas. En las más de tres horas que dura la juerga en el lugar, los vendedores no paran de ofrecer su mercancía. Lo hacen al grito de "cerveza, beer" a todo el que les mira. La policía municipal tampoco les dice gran cosa. Y eso que la venta ambulante en Barcelona está prohibida.

No es así todos los días. Rashid, un vendedor ambulante, asegura que ahora les persiguen más que hace unos meses. Cuenta que en la última semana la Guardia Urbana le ha requisado dos veces las cervezas y le ha impuesto sendas multas de 150 euros. Pero las sanciones no le asustan. "Esta es la única forma que tengo de ganarme la vida". Tras conseguir un nuevo cargamento, vuelve a vender.

La noche avanza y el alcohol sube. Aumentan los gritos de los botelloneros. Carme, vecina del Eixample de 18 años, se defiende: "El mismo ruido hacemos nosotros que la gente que está en la terraza del bar". Un grupo monta su propia fiesta con unos bongós. Andan intentando imitar a Carlinhos Brown. Los mendigos que pueblan la plaza, muchos de ellos alcohólicos, se lanzan improperios unos a otros. Se reparten en pequeños grupos, uno frente al Glaciar, otro junto a la calle del Vidre. No están en condiciones de responder a ninguna pregunta. Como mucho se acercan a los turistas para pedirles una moneda. Lo único que logran es que les saquen una foto.

Los vecinos lo tienen difícil para dormir si no cierran las ventanas. "O te blindas con doble cristal y pones aire condicionado, lo que no me gusta nada, o en verano es imposible pegar ojo", denuncia el dibujante Nazario, vecino de la plaza Reial desde hace 30 años.

A la 1.30, la suciedad empieza a ser muy notoria en la plaza Reial. Latas vacías y botellas rotas llenan las esquinas. "La suciedad es uno de los problemas más graves a los que nos enfrentamos", sostiene Rafael, propietario del bar Glaciar. "A todas horas ves a alguien meando en la calle", critica Nazario. Un vistazo a la plaza confirma la denuncia del popular dibujante. Un joven hace sus necesidades bajo una palmera. Un mendigo de la zona del Glaciar escoge un arco de la plaza para orinar.

Un mar de porquería

Las calles adyacentes no presentan mejor aspecto. Pasear por Escudellers, por ejemplo, da asco. En la plaza de George Orwell hay poca gente, pero la basura se acumula. Una pareja da buena cuenta de unos apetitosos shawarma , un punk dormita en el suelo junto a su perro. A ninguno de ellos parece importarle tener al lado un mar de porquería.

La fiesta continúa en la plaza Reial. Las botellas están cada vez más vacías. John y sus amigos ingleses no se han movido de su rincón. Ahí siguen trasegando. A su alrededor corretean algunos perros de las tribus urbanas que han convertido la plaza en su lugar de residencia. Por la Rambla se aproximan los camiones de limpieza. Se acerca la hora límite.

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