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Segovia, 26/02/05

«Tenemos miedo»

Las Madres Reparadoras viven atemorizadas por los actos vandálicos que se suceden contra su residencia

Una monja de las Madres Reparadoras camina por un pasillo del centro. «No hagan ruido, estamos hablando con Dios». Un trozo de madera mantiene grabado este ruego en el vestíbulo del convento de las Madres Reparadoras. Otros contestan con réplicas como la del pasado domingo: «¿Hermanas, miren que es gratis!», mientras se giraba un muchacho que orinaba sobre los muros de la entrada.

La vida en este lugar de recogimiento, estudio y, sobre todo, residencia, se ha vuelto, como poco, incómoda y molesta. La responsable de la casa afirma: «Algunas tenemos miedo». Las intimidaciones, la falta de respeto, la irreverencia y, especialmente, los actos vandálicos que se suceden contra este centro situado entre la travesía de Doctor Sancho y Marqués de Mondéjar son las causas del temor de la religiosa.

«Hay veces que me levanto pronto por la mañana para ir a Madrid a alguna reunión y no me atrevo a salir a la calle si están ahí». Se refiere a los jóvenes que se hacinan con las primeras luces del día en un espacio de apenas cincuenta metros de calle. Con sus gafas de sol, sus poses desafiantes, sus gritos.

Droga
«Nos asomamos y vemos que están con droga», comenta la responsable de la residencia. «A veces, alguna hermana les ha avisado que eso les puede matar», continúa entre la inocencia y la indignación.

No entiende los insultos y las vejaciones, aunque solo sean, para quienes los profieren, una forma de provocar a las religiosas. Pero las Reparadoras temen que puedan pasar a actos más violentos, como agresiones físicas. «Gracias a Dios aún no ha habido ningún caso», apostilla la responsable. Sin embargo, ella insiste en que hay «miedo».

El temor ha alcanzado cotas que han puesto a la religiosa en la decisión de suspender viajes o suplicar a otras hermanas que le acompañen para salir de la residencia cuando otea que aún hay grupos de chicos en la calle. Eso es miedo y no intimidación. Es más, eso no lo provoca solo una pintada aislada en la puerta del convento.

Además de ese temor que recorre los pasillos de la residencia, hay algo peor: aprender a convivir con ello. Las estudiantes que se alojan en este centro y las hermanas que viven en él o que lo visitan han asumido -uno solo imagina que con resignación cristiana- los ataques verbales y físicos al edificio.

Las agresiones se cuentan por decenas desde que la responsable llegó al convento, de ello hace tres años: meadas en la entrada que se cuelan en la portería y que la encargada de la conserjería teme replicar, pintadas en la fachada, «cinco o seis» cristales rotos que están sin reparar. Con este frío.

Veinte estudiantes viven en la residencia. Pero ninguna de las chicas ocupa las cuatro habitaciones que dan a Marqués de Mondéjar o a la travesía de Doctor Sancho. El ruido y el jaleo continuos desde el jueves hasta el domingo les impide descansar o estudiar. Es más, como buenas anfitrionas, las hermanas han decidido no alojar a ninguna de sus visitas en estas estancias.

A todas horas
Su triste experiencia les dice que desde las nueve de la noche ya hay bullicio. «Son chicos de trece o catorce años», señala la responsable. Después, conforme la noche avanza, la edad de los que se concentran en esta zona crece. Y así, hasta las once o doce de la mañana del día siguiente.

La rotura de cristales el pasado fin de semana ha sido la gota que ha colmado su santa paciencia. La congregación presentó una denuncia por el acoso y los actos vandálicos que sufre desde hace tiempo y ha dejado el caso en manos de la justicia terrenal.

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