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Alicante, 14/12/05

MIRADAS URBANAS: ´Ruidos y sonidos´ por SERGIO GARCÍA DOMÉNECH

La preocupación por la calidad sonora de nuestras ciudades no ha parado de aumentar en los últimos tiempos. A estas alturas ya nadie pone en duda que el ruido es uno de los caballos de batalla de la vida urbana, siendo frecuentemente esgrimido como «argumentum baculicum» por los defensores de la calidad de vida en el campo o en las afueras de las ciudades. En efecto, la lucha contra el ruido abarca verdaderas especialidades técnicas e incluso legales, con leyes, reglamentos y ordenanzas cada vez más restrictivas y rigurosas en su aplicación. Pero existe un parámetro adicional indicativo del ruido en las ciudades, que es el social o más en concreto, sociocultural. Vivimos en -y somos- una sociedad ruidosa. A poco que viajemos al extranjero, sobre todo al norte de Europa, se nos reconoce rápidamente en cuanto aflora la expresividad latina de nuestra entonación y gesticulación.

Desde la intensidad de un simple diálogo hasta las tradicionales fiestas populares, pasando por la forma de conducir vehículos, el exceso de ruido es un mal que suele acompañarnos en esta nuestra sociedad mediterránea en general y cómo no, en esta nuestra ciudad en particular. En ese sentido, cuando queremos reducir la percepción ruidosa en un determinado entorno urbano, el diseño urbano nos ha facilitado mecanismos amortiguadores del impacto sonoro cuya eficacia ha podido ser corroborada en el tiempo. Por ejemplo, la tradición del aislamiento perimetral de las plazas más históricas, combinada con un correcto empleo de especies arbustivas, siempre suaviza el impacto de un entorno urbano cada vez más agresivo. Los juegos con las rasantes, bien deprimiendo, bien elevando las zonas estanciales respecto a la fuente generadora de ruido -recordemos por ejemplo la desaparecida plataforma elevada del Paseíto de Ramiro- o el empleo de taludes artificiales de contención del ruido, como se aplicó en la urbanización de la actual plaza de La Viña para aislarla del ruido generado por el tráfico de la Gran Vía, han ofrecido criterios de mejora ambiental en el disfrute del espacio público urbano.

Pero no todo en la ciudad ha de ser forzosamente ruido. Pienso que también puede hablarse de sonidos urbanos sin connotaciones negativas. Las ciudades también tienen sus sonidos característicos, no necesariamente perturbadores ni desagradables. Es más, fortalecen la identidad de la ciudad y contribuyen a enriquecer el sentimiento de lugar que debería acompañar en esencia a toda ciudad: el tañido de las campanas de las iglesias, los aleteos y murmullos de las aves en las plazas, el susurro de las hojas de los árboles al viento en las avenidas y bulevares, el mecido de las embarcaciones y las sirenas de los barcos en el puerto, el discurrir del agua por fuentes y surtidores, los músicos callejeros e incluso, el simple taconeo opaco producido por la circulación peatonal en calles y plazas cerradas al tráfico rodado, contribuyen a crear determinados ambientes perceptivos característicos de cada ciudad, no exentos de gracia. La facilidad para percibir estos sonidos urbanos en los espacios públicos contribuye a conseguir un ambiente urbano de calidad.

Por ello, cuestiones aparentemente triviales como la orientación de la urbanización, la elección de firmes y pavimentos, el diseño del elemento verde, la composición de los sistemas de cerramiento o la previsión de mecanismos de ornamentación hidráulica, juegan un papel nada desdeñable para personalizar y caracterizar el espacio público de una ciudad o lo que es lo mismo, a la ciudad en sí misma. De hecho, la memoria auditiva juega su nivel de importancia en la percepción del espacio urbano. Cuando viajamos y vemos lugares nuevos, una parte sustancial del recuerdo que nos queda estriba en los sonidos percibidos: insisto, una bandada de palomas levantando el vuelo al unísono, las campanadas de una iglesia o edificio civil cercano, el rumor de una determinada densidad peatonal deambulando e incluso -por qué no- la entonación apremiante de los tenderos en los mercadillos incitando a comprar su mercancía. ¿Acaso no podemos cerrar los ojos e imaginar auditivamente las campanadas de Santa María en el Paseíto de Ramiro, el fuerte canto de los estorninos cuando invaden los ficus de Canalejas y Gabriel Miró, el rumor del agua en la fuente de Luceros o las sirenas de los barcos en el puerto?... todo ello con el permiso del tráfico, claro.

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