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Barcelona, 27/08/05

Invasores terrestres

Las plagas de 'quads' y árboles exóticos demuestran el desprecio por la naturaleza

IAN Gibson (Historiador)

Desde el paseo de las Murallas de Baeza se domina uno de los paisajes más hermosos de España. Al fondo, la inmensa mole de Mágina, anticipada por las abruptas faldas del Aznaitín, el barómetro local ("Cuando Aznaitín se pone la montera / llueve aunque Dios no quiera"). A la izquierda, las sierras de Quesada y Cazorla. Y entre nosotros y las montañas, en el fondo del ancho valle que tapizan los famosos olivares jienenses, el joven Guadalquivir. En este paseo se sentaba Machado cada tarde. Acababa de perder a Leonor, allá en la altiplanicie soriana, y experimentaba la vuelta a su Andalucía natal como el más cruel de los exilios: "En estos campos de la tierra mía, / y extranjero en los campos de mi tierra / yo tuve patria donde corre el Duero / por entre grises peñas."

Hoy la magnífica cabeza en bronce de Machado, obra de Pablo Serrano (motivo de un intento de homenaje prohibido por Fraga en 1966), preside el panorama que tanto amaba, y que hoy amenaza, increíblemente, un proyecto de autovía, con la contaminación y el ruido que ello presupone... ¡y el insulto a quien inmortalizó este irrepetible trozo del globo!

Delata el curso del Guadalquivir, visto desde el alto mirador baezano, un sinuoso garabato de vegetación. Pero, ¿cómo se explica la línea recta de árboles que acompaña, al otro lado del río, el ferrocarril? Los prismáticos no resuelven el problema. Hay que llegar hasta allí e indagar. Vale la pena. En primer lugar para ver la ciudad "entre moruna y manchega" destacada atrás --en el espolón de la Loma-- contra el cielo azul. Luego para asombrarse ante la lujuriosa frondosidad de las riberas del río: tarayes, adelfas, alisos, chopos... en una imitación muy plausible de la jungla del Amazonas. ¿Y los árboles rectilineares? El enigma se desvanece en seguida. No se trata de una intervención humana, sino de la invasión de un parásito.

SU NOMBRE ES ailanto (Ailanthus altissima ), vocablo que, según la valiosa Guía de Incafo de los árboles y arbustos de la Península Ibérica, procede de las islas Molucas y significa árbol del cielo . ¡Vaya regalo de los dioses! Cuando cobra fuerza y alcanza uno o dos metros de altura, se puede decir que el ailanto es bello y hasta exótico, con sus largas frondas de hojas muy verdes y, en primavera, sus flores arracimadas. Pero es un matón, un asesino, quizá un enemigo aún más temible que el eucalipto. El ailanto, que es de la familia de las simarubáceas, crece con una rapidez vertiginosa. Aguanta cualquier clima, cualquier suelo, necesita poca agua y, mediante los múltiples brotes radicales que echa a gran distancia, se apodera en seguida de lo que crece a su alrededor, estrangulando a las demás especies. Por ello es una verdadera plaga en las proximidades de los cultivos. Un enemigo tremebundo.

Nunca lo vimos con más claridad que en el fondo del valle que contemplaba Machado cada tarde desde su atalaya. Porque aquí, no satisfecho con acompañar el ferrocarril a todo lo largo de su recorrido por "los alegres campos de Baeza", está ya invadiendo los olivares que bordean las vías, mezclando sus raíces con las de los ejemplares de primera línea y preparando su cabeza de puente para invadir todo el territorio.

En esto estábamos cuando apareció el primer quad de la mañana. La campiña de Baeza tiene hoy motivo para no sentirse tan alegre, como los demás campos y laderas y soledades del país (o del Estado, como ustedes prefieran). El quad es el ailanthus altissima en versión humana. Nada más aparecer uno, salen dos o tres o cinco. Y si antes era desagradable tener que soportar el ruido de las motos en lugares despoblados y poco frecuentados, mucho peor es la epifanía de este nuevo monstruo a cuatro ruedas, que puede llegar hasta los sitios más agrestes y recónditos, y siempre, siempre, con mucho ruido. No se trata sólo de daños físicos al medio ambiente, sino de un masivo incremento de perturbación acústica. Como símbolo del desprecio del hombre contemporáneo por la Naturaleza (de la cual, aunque no lo sabe, forma parte) no se podría haber inventado nada comparable con este nuevo horror motorizado.

Algunos ayuntamientos han tenido la valentía de prohibirlo, pero no lo tienen fácil porque, en esta sociedad que tenemos, cualquier atentado contra el derecho de los jóvenes a hacer lo que les de la gana provoca, inmediatamente, la reacción airada de los padres, es decir, de los votantes.

¿Y LA Constitución? ¿Qué pasa con su capítulo tercero, artículo 45.1 ("Todos tienen el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo")? ¿Se trata de una tomadura de pelo? Uno comprende que luchar contra ailanthus altissima es muy difícil, pero el ruido invasivo producido por seres humanos es otra cosa y, por lo menos en teoría, modificable. Y la plaga de los incendios forestales también, toda vez que, según parece, son en la gran mayoría de los casos producto de la estupidez o de la maldad humanas.

Estas reflexiones son el resultado no sólo de una visita reciente a Baeza sino de una relectura de las prosas publicadas por Antonio Machado en la prensa barcelonesa en 1938. ¡Qué desaliento más hondo le producía al poeta la traición de los gobiernos de Francia y de Gran Bretaña! ¡Y qué rabia la presencia en tierra española de aquellos otros invasores mortíferos, los fascistas alemanes e italianos!

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