Cádiz, 24/08/05 Ruido, ruido, ruidoRafael Sánchez Saus, profesor de la Universidad de CádizPASEABA por la sevillana avenida de Eduardo Dato cuando primero oí y luego vi una enorme máquina, cuyo brazo sobrepasaba los veinte metros de altura, golpeando inmisericorde el suelo y los oídos de vecinos y viandantes. Eran las once de la noche. Mientras huía de la zona, imaginaba el infierno instalado desde primera hora en las viviendas y en las habitaciones del hotel aledaño. Sin llegar a esas cotas, recordé cómo hace sólo unos días, en una de las calles más céntricas de Cádiz, a las seis de la mañana, un repartidor decidió aprovechar la fresquita y durante varios minutos, los bastantes para que nadie pudiese ignorarlo, arrastró el carrillo de ruedas macizas por el adoquinado, pulsó timbres, voceó y se despidió a voces, siempre al ralentí el motor de su camión. Una semana antes, en una playa onubense, un potentado veraneante decidió favorecer al indefenso vecindario con una fiesta sorpresa que se prolongó en su costeada residencia hasta cerca de las cuatro de la mañana a base de salsas, rumbas y otros ritmos calentones, sin olvidar las infaltables sevillanas. El anecdotario sería inagotable y cada lector podrá añadir de su propia y abundante cosecha. La complacencia del personal hacia la agresión permanente que en este país supone el ruido sólo es comparable a la dejadez municipal y a su colaboración activa en todo lo que suponga la erradicación definitiva del silencio. Esta atroz contaminación, para mi gusto mucho más dañina que la del aire, invade ya los últimos reductos. Por supuesto, las zonas costeras están perdidas desde hace años, pero la relativa novedad reside en el triunfo del más horrísono fragor en los pueblos del interior, cuya placidez nocturna ha sido reventada por el cambio de costumbres y por la proliferación asombrosa de motocicletas en lugares donde no se tarda más de diez minutos en ir a pie desde una punta a otra. Qué decir de ciudades como Sevilla, en la que agosto era un remanso que muchos esperábamos con fruición, dispuestos a soportar calores que casi nunca eran tan terribles, pero cuya leyenda alimentábamos con ánimo disuasorio. Hoy casi nadie propiamente veranea, así que la ciudad está casi tan llena como el resto del año, pero como muchos sevillanos lo que de verdad desearían es estar en la playa, remedian su nostalgia, a la espera del fin de semana, trayéndose la playa a la ciudad. No, por supuesto, la brisa y las olas, pero sí la grimosa indumentaria, las maneras aún más relajadas que de costumbre y el continuo trasiego nocturno, en su doble sentido. Las ventanas abiertas al fresco de la noche se convierten en aspiradores de la barahúnda. A las cinco y media de la mañana, doy fe, he sido despertado hoy por el tráfico. En toda España, sin distinciones regionales apreciables, tranquilidad es sinónimo de muermo y silencio de cementerio. Recuerdo que una mañana de invierno desayunaba en un hotel de la sierra de Grazalema con vistas maravillosas. Como era el único cliente, el camarero, tras atenderme, se internó en la cocina no sin antes encender la televisión y poner a todo volumen un programa de dibujos animados. Cuando yo mismo apagué el aparato, asomó la cabeza con cara de condenado al último suplicio. Eso es aquí el silencio. Cuando la capacidad individual para generar ruido estaba limitada al transistor y la pública al cohetazo, el silencio cotidiano podía ser para muchos el testimonio permanente de una vida sin horizontes, alejada de la excitación y de placeres tan primarios como inalcanzables. La identificación de bullicio con alegría y de estruendo con poder en cualquiera de sus formas tiene hondas raíces entre nosotros. Que para ahuyentar la tristeza y el tedio sea necesario montar una zambra, nos define. Si hay dinero, hay alegría, y si hay alegría debe haber el mayor ruido posible. Esta forma de ser, acompañada de la simple quiebra de la buena educación, se ha convertido hoy, cuando cualquiera puede producir los decibelios que le venga en gana, en una verdadera amenaza. Es sintomático el pasmo inicial y luego el rechazo irritado de muchos extranjeros, sobre todo de esos que queremos atraer a base de campos de golf, cuando se ven atrapados por el ruido a todas horas en lugares de teórico descanso. Sin embargo, no tengo la menor esperanza de que ninguna autoridad se tome este asunto en serio. Como todo puede medirse hoy, sabemos que España es ya el segundo país más ruidoso del mundo, sólo después de Japón. Este conocimiento provocaría en muchos de nuestros compatriotas –esos que afirman que Portugal es triste– la profunda alegría que sólo se satisface con más ruido todavía.
Más noticias de este mes | Último mes | Índice general de noticias |