Barcelona, 23/08/05 LOS VECINOS DICEN QUE SE HA LLEGADO A UNA SITUACIÓN LÍMITEAsignatura pendienteEl Ayuntamiento admite que hay que cambiar normas para reforzar la lucha contra el incivismo"A veces es más fácil combatir la delincuencia que el incivismo", asegura el gerente de Ciutat VellaFRANCESC PEIRÓN Dice la señora Isabel, vecina de la rambla del Raval, que ahí no hay quien duerma, ni que descanse. Que ella va trasnochada y que más de uno de sus conocidos del barrio se ha de medicar ante la imposibilidad de dormir por culpa del botellón o del laterismo , de los bongos, de las guitarras, de los cánticos e incluso de los partidos de fútbol de madrugada, y hasta el amanecer, que se celebran de forma espontánea y descontrolada en esta avenida que simboliza la reurbanización de la Barcelona más canalla. También cuenta que hace unos días llamó cinco veces a la Guardia Urbana, que los agentes comparecieron y que, tal como se iban, volvía el jolgorio que se había apagado con la presencia de los uniformados. "Les dije a los policías -asegura esta mujer de verbo contundente que tira de carrito- que o les quitaban las guitarras o bajaba con un machete y se las destrozaba". Qué pasó al final, se lo calla. Residentes del Raval, del Gòtic o del Casc Antic, en el corazón de la ciudad, vuelven a estar en pie de guerra contra las molestias que sufren en sus barrios, donde soportan como en ninguna otra parte el impacto del turismo de masas y los cambios de hábitos que está introduciendo la llegada de inmigrados. El exceso de decibelios y la suciedad en las calles -el olor a orines en algunos rincones ya es perenne- se sitúan a la cabeza de sus reclamaciones. Los reiterados escritos que se reciben y publican en Cartas de los lectores de La Vanguardia son un buen termómetro para mesurar la temperatura del enfado ciudadano. La falta de urbanos y su poca contundencia son dos de las denuncias más frecuentes formuladas por los reclamantes. "La Guardia Urbana no aparece o no se entera, es como predicar en el desierto", ironiza Pep Miró, vecino del Casc Antic, antiguo presidente de la asociación vecinal y que conserva en su casa "cuatro o cinco" denuncias infructuosas a causa del ruido ajeno. Fuentes municipales replican que el cuerpo de policía local atiende todas las llamadas, siempre que no haya otro servicio más urgente en ese momento. "No podemos esconder que el mal uso del espacio público por unos pocos tiene un impacto negativo en los vecinos de Ciutat Vella". El comentario es de Jordi Parayre, gerente del distrito, quien considera que "no sería justo" decir que la conflictividad tenga su origen exclusivamente en el éxito de Barcelona como destino vacacional. "Es una amalgama de circunstancias. Del turismo, de gente venida de fuera, de gente que vive en la calle, de usuarios de los espacios. La suma de todas estas pequeñas cosas supera la tolerancia de los vecinos de Ciutat Vella". "Tenemos una asignatura pendiente, que es la lucha contra el incivismo. Pero a veces -añade Parayre- es más fácil combatir la delincuencia que el incivismo". El gerente del distrito opina que "hay que encontrar más medios" para combatir esta deficiencia. "Se han de modificar leyes y ordenanzas que posibiliten una mejor actuación de los servicios municipales, que hagan más efectiva a la Guardia Urbana". Ahora, si se denuncia un acto incívico y los policías llegan cuando éste ha cesado de repente -es el caso que explica la señora Isabel- a nadie se le puede decir nada por ocupar un lugar público. Sin embargo, Parayre reconoce que "hemos reforzado la frecuencia de baldeos en sitios en que la gente se quedaba". Léase que se tira de manguera más a menudo en las madrugadas de la plaza Reial- uno de los puntos sobre cuya degradación más se habla-, la George Orwell o en la rambla del Raval, para desalojar a los que se instalan con la intención de continuar la fiesta o, simplemente, de dormir. Doña Carmen, que reside en el número 12 de este paseo -donde vive impávido el bien alimentado gato de Botero-, se queja del ruido, de las verbenas interminables y de sus consecuencias: "Mire cómo está todo, muy abandonado, beben y dejan la porquería". Esta mujer, con 47 años de vecindad en el centro de Barcelona, no alberga dudas: "Las condiciones del barrio han mejorado. Vivo en un bajo y la humedad era insoportable. Ahora ya no hay. Y esta rambla es preciosa, pero cuando se ponen a hacer música...". En el inmueble del número 15 -datado en 1888, ubicado casi al lado de donde se está edificando un hotel, la futura Filmoteca y donde se prevé que tenga su sede UGT-, cuelgan varias pancartas: "Welcome to Lloret"; "Respetadnos, tenemos derecho a descansar"; "Esto es un barrio, no un escenario"; "No queremos más parque temático". Una mujer de mediana edad, que luego se identificará como Maria, sale de este edificio. Cuando se le pregunta por las quejas, su respuesta, a la vista de las pancartas, resulta sorprendente. "No me parecen bien. No me quejo porque asumo que estoy en el centro y Barcelona es una ciudad muy ruidosa. Si quisiera tranquilidad, viviría en el campo". Compró su piso en 1988, cuando no existía la rambla. "La calle era estrecha y el vecino de enfrente tenía la tele a tope, eso era ruido" . Según su visión, el barrio entonces sí que estaba mal. "Se ha transformado en algo bonito. ¡Estamos en el Raval, no en Pedralbes!". Pues Juan Carlos Esgueva, que escribió a La Vanguardia una elocuente carta -"Desde el infierno del Gòtic"-, reclama más atención de la Guardia Urbana, más higiene -"esto ha mejorado, pero al Gòtic lo han dejado de lado"- y se plantea: "¿Por qué este barrio ha de estar menos equipado y ser menos seguro que Pedralbes?". Y Ramon Lamazares, vicepresidente de Amics de la Rambla, pide al Ayuntamiento que tenga en cuenta que "no somos mejores, pero sí diferentes" a la hora de abordar el despliegue de medios. Fuentes municipales contestan que ya se valora: las papeleras se vacían ocho veces al día.
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